La importancia de mediatizar las dudas

Todos aquellos interesados en temas educativos que buceáis o, simplemente naufragáis al igual que hago yo, por las redes sociales os habréis dado cuenta de la gran cantidad de tuits, posts en Facebook e, incluso, que la mayoría de enlaces a los que dirigen lo anterior con enlaces, están plagados de metodologías innovadoras, estrategias de aula para un aprendizaje efectivo, emociones como variable a ser medida o, a lo mejor, estadísticas cocinadas acerca de determinados informes realizados por organizaciones muy poco educativas. Y todo ello sin contar la cantidad de palmaditas en la espalda que se dan determinados participantes en sectas educativas, cuyos modelos obligan a que cada vez se cuestionen menos y a ser aceptados incluso por gente a la que supones debería, por su formación, tener determinado sentido común o aplicar el principio de precaución. El «amimefuncionismo» es la frase estrella. Más aún la creación de modelos educativos antagónicos que, quizás nunca han existido pero que calan muy hondo en el imaginario popular. A veces, incluso, se potencia la mediatización de ciertos personajes cuya única relación con la educación es que, quizás algún día dieron clase y ahora son capaces de cambiar el discurso diariamente en función de lo que se necesite vender. Eso sí, nada de contradicciones y verdades absolutas por doquier. ¿Evidencias científicas? Para qué. Lo importante es conseguir una masa crítica de gente que difunda como verdades lo que yo estoy diciendo. Lo necesario es conseguir creyentes acríticos y gran difusión de determinadas prácticas y/o personajes.

Fuente: ShutterStock

Algunos tenemos muchos problemas en aceptar lo anterior. Dudamos incluso a diario de nuestra práctica docente. Ya para ir a buscar remedios homeopáticos cuando, al final, lo que necesitas es algo real para lidiar con alumnos reales. El problema es que dar clase no vende. Dar clase, salvo aquellos proyectos de los que siempre se obvian los problemas que ha habido en su realización, no se mediatiza. Lo importante es sólo hablar de los éxitos. El fracaso no interesa. Los vaivenes metodológicos e, incluso, el considerar que hay cosas que no pueden aprenderse de otra manera que de la que nos enseñaron a nosotros, sigue siendo un tema tabú para las redes sociales y los medios. Mucho mejor vender a un mago, un cocinero o un simple charlatán cuyo único objetivo fue colocar a su hija. Incluso los más críticos se han montado, después de patentar su método, un chiringuito. Lo de criticar no vende. Bueno, siempre le dan unas líneas en algún medio o, a lo mejor perpetra un blog que sólo leen sus incondicionales. Se trata de un problema muy serio. Es muy grave que un determinado tipo de educación sea lo único que nos están vendiendo. Se debe mediatizar que existen otras cosas. Se debe cuestionar la falta de valor de algunas cosas que nos están vendiendo. Conviene despertar de la utopía para centrarnos en la realidad. Y la realidad no es siempre cómoda. Ni mucho menos.

Este último año se han publicado cientos de libros sobre educación la mayoría de los cuales, o son pura especulación acerca de metodologías, creación de falsas evidencias o, simplemente, libros donde se intenta ser políticamente correcto. He llegado a contar decenas de libros sobre Flipped Classroom, otros tantos sobre metodologías innovadoras y, finalmente, toneladas de bits en los libros digitales que nos ofrecen determinadas multinacionales. No digo que no esté bien que existan. Lo que pasa es que debe haber otra visión de la historia. Por cierto, tampoco me sirven aquellos libros (que, por lo visto también existen aunque en número mucho más reducido) donde sólo se expresa un recuerdo borroso de otros tiempos. Los extremos siempre venden. Sólo hace falta pasarte por los medios a ver qué está sucediendo en la política catalana. Mismos argumentos, misma manipulación y, por desgracia, muy poco sentido común en el tema. Una pequeña diferencia con la educación… que en el caso de la política sí que se mediatizan opciones divergentes porque todas las opciones tienen su cuota mediática y sus medios. En educación el dinero sólo se destina a difundir una parte de lo que sucede. Muy alejada de las miles de aulas de nuestro país y siempre bajo consideraciones maximalistas e inventos que, a poco que se investigue un poco, resultan ser poco menos que esos experimentos que sólo funcionan si se mezcla vino malo con gaseosa.

Seguro que vais a decir que yo también me estoy beneficiando del asunto. Que el número de visitas del blog e, incluso la difusión del libro que he escrito hace poco (enlace),  demuestra que al final esa mediatización se convierte en lo mismo que se critica. Pues creo que os equivocáis porque hay una diferencia fundamental: en mi caso soy muy crítico también con lo que hago en mi aula, considero el buenismo educativo un error y digo bien claro que, cualquier cosa que os encontréis aquí, debéis cuestionarla con todas vuestras fuerzas. No, por mucho que a algunos les interese decir que es lo mismo… no lo es 😉

Me gustaría que este post sirviese para que todos aquellos que tenéis ganas de dudar sobre ciertas cosas lo hagáis abiertamente. Quizás, por ahora, la masa crítica mediática y mediatizada, gracias al apoyo de determinados medios y organizaciones, vaya en un solo sentido pero, al final, lo interesante es dudar, plantear que otra manera de educar es posible al margen de lo que nos venden y denunciar abiertamente, que hay determinadas cosas en educación que no nos representan como docentes. Ni como docentes, ni nos gustan como padres, ni nos interesan como sociedad en su conjunto. Conviene decirlo en voz alta porque, si no es así, al final la gente va a pensar que todo es tal y como se lo están vendiendo. Y la cosa es mucho más complicada.

El artículo se puede extrapolar a cualquier otro ámbito porque, por desgracia, lo de mediatizar interesadamente ciertas cosas como verdades absolutas, está a la orden del día.
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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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