La pedagogía tóxica o el Jandemor Thinking

No, lo siento. Hoy os iba a hablar de mi método revolucionario para el aula pero, por desgracia, se me han abierto las nalgas por septuagésima ocasión en lo que llevamos de año -sí, llevamos sólo dos meses pero el asunto es un no parar- al enterarme de un nuevo método educativo que va a solucionar todos los problemas de la educación actual. Para ello no podemos menos que contar con dos grandes expertas en el tema que tienen muy claro en qué consiste la pedagogía tóxica o, más bien, el Jandemor Thinking y nos ilustran acerca de su nuevo método. Un método, como todos, acuñado en la Universidad y destinado a que todas las aulas de educación obligatoria puedan beneficiarse de esas maravillosas indicaciones. Que ya está bien de profesores con mala pedagogía que no saben hacer ni un jandemor en condiciones, ahora lo que toca es arrodillarse frente a la iluminación procedente de esas mentes inspiradas por el gurú Sir Ken Robinson. ¿Quién no ha visto un vídeo de Ken? (sí, me pemito tutearle porque he oído su nombre hasta la saciedad y ya da la sensación que forme parte de mi familia) ¿Quién no ha gozado sintiendo la necesidad imperiosa de convertir la creatividad en algo imprescindible en el aula? ¿Quién no se ha sentido más fuerte que Popeye a los minutos de haber acabado con las existencias de espinacas? No, no me lo neguéis, que ya sé que os ponen sus TED Talks y a alguno, seguro, os habrán entrado algunos instintos más que salvajes de romperos la camiseta al llegar a clase, subiros en las mesas y dar el típico sermón. Bueno, por desgracia eso os va a durar cinco minutos. Y no sé si antes va a venir la frase de si esto entra para el examen, llaman al loquero o, simplemente, se empiezan a cachondear en voz baja no sea que, en pleno misticismo al espíritu de alguien le dé por empezar a repartir yoyas.

Fuente: Facebook

¿Por dónde iba? Ah, sí. Quería hablaros del método Art Thinking. Ya veis que mola mazo. Hay un Thinking y hay un Art. Éxito garantizado al mezclar dos palabras en inglés. Sí, no una. Dos para redondear el método y hacerlo más rimbombante. Que el inglés vende mucho. Y más en metodologías educativas. Sólo hace falta ver cuántos hablan de Flipped y qué pocos hablan de dar la vuelta al aula. El tono no es el mismo.

Me encanta que unas profesoras universitarias propongan desde sus púlpitos la necesidad de acabar con la pedagogía tóxica. Eso sí, ¿qué es la pedagogía tóxica? Bueno, para ponerlo en modo guay y rancio a partes iguales no voy a inventar nada y sí a usar esas palabras que calaron tanto hace unos años… el Jandemor Thinking porque, sinceramente, no dan ningún tipo de explicación acerca de qué supone la misma. Supongo que debe ser la que ellas no usan en su aula y la que usamos la mayoría de docentes en las nuestras. Qué suerte haberse quitado el yugo de esa pedagogía que seguro sufrieron y poder pontificar acerca de algo que va a acabar con todo lo anterior. Seguro que si ellas no hubieran sufrido ese Jandemor Thinking seguro que habrían inventado no un nuevo método, cien.

Si sigo leyendo sobre la toxicidad de lo anterior me encuentro en que hablan de un modelo que «asocia el esfuerzo al dolor, al malestar, y a la idea de que adquirir conocimiento tiene que ver con la ansiedad, el miedo o la evaluación». La verdad es que estoy intentando buscar eso en mi aula o en las aulas de mis compañeros y, sinceramente, no encuentro ningún armario con látigos escondidos o tásers cargándose en los enchufes. Debe ser que lo del dolor debe ser psicológico y por eso no se ve. No veo a mis alumnos tristes ni a los de mis compañeros, salvo que tengan problemas familiares o personales (en los que, por cierto, se les intenta ayudar), pero seguro que es por culpa de mis dioptrías o mi falta de visión periférica. Seguro que desde la distancia de un púlpito universitario se ve todo con mucha mejor perspectiva. Cómo osaría dudarlo. Estoy convencido de que ellos captan el dolor de los alumnos que nunca han tenido. Seguro que han hecho un análisis de la cantidad de ansiolíticos que toman nuestros pobres alumnos por no poder soportar la presión. Y, por qué no decirlo, seguro que ellas también se sienten mal al ver cuánto daño estamos haciendo en nuestras aulas la mayoría de docentes. Es que somos unos retrógrados fascistas a los que no nos interesa el bien de nuestros alumnos. Por ello les tratamos a hostias. Bueno, más bien a golpe de vara de avellano, de esas que tenemos reservas infinitas en conserjería por si se nos rompe de tanto usarla. Además, ya sabemos los que damos clase que, cada día insultamos a un mínimo de veinte alumnos y vejamos a más de cuarenta. Es pasar por los pasillos y oír en más de una ocasión como el profesorado llama subnormales a los chavales, inútiles y un largo etcétera de adjetivos calificativos que arruinan sus posibilidades de éxito. Lo tengo claro.

Además nos dan la solución a los pobres docentes que no tenemos ni idea de dar clase. Nos hablan, además de su gran conocimiento del cerebro. Sí, supongo que ellas saben más que un neurólogo que lleva toda la vida estudiando medicina y los avances que se van sucediendo a lo largo de la historia. No lo supongo, estoy convencido de ello por su énfasis sin ningún tipo de duda en su aportación a la mejora educativa. Una mejora que pasa por «pensamiento divergente, incorporación del placer, alumnos y profesores como productores de contenidos y trabajo colaborativo y por proyectos». Cómo osar discutir lo anterior desde la pobreza ideológica que supone ser un docente de aula raso. Cómo dudar de la necesidad del placer como objetivo último de la educación, la producción infinita de contenidos (que ya está bien lo de reclamar una jornada laboral en condiciones), el trabajo colaborativo (sí, en realidad en los trabajos colaborativos uno trabaja y los demás se aprovechan del trabajo del primero) y el pensamiento divergente. Eso sí, la única divergencia que se acepta es la de los alumnos cuestionando a los docentes porque, por desgracia, la crítica a los vendedores de metodologías fantásticas y sin resquicios es algo que no está muy bien visto porque, ¿cómo podría alguien osar a cuestionar a los gurús educativos?

Voy a respirar un poco, a tomarme un café y a ponerme el termómetro siendo la calentura de hoy ya es considerable porque, cuando uno pasa del cabreo al cachondeo, siempre hay un momento en el que, lamentablemente, el sentido de todo y su coherencia acaba perdiéndose por el camino.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

12 Comments
  1. Está claro que esta entrada huele a toxicidad antipedagógica que tira de espaldas. Necesitas que estas chicas te sometan a su programa de desintoxicación y buenrollismo. Después tendrías que hacerte mirar lo de los chakras, está claro que necesitas equilibrarlos. Por cierto ¿tu aura tiene un tono oscuro? Lo más seguro es que necesite una limpieza. En tu caso te interesa coger el paquete completo que lo incluyan todo: desintoxicación pegadógica, equilibrio de chakras y limpieza de aura, lo digo por la posibilidad de que te hagan descuento y te ofrezcan buenas condiciones de pago.

    1. Pues sí. Necesito urgentemente ese programa de desintoxicación y buenrollismo. A ser posible un viajecito con los gastos pagados a Belice también sirve para lo anterior. Y prometo, en caso de ser agraciado con esa desintoxicación, leerme el libro sobre pedagogía sexy y el par de los del maestro más molón de nuestro país.

      Un saludo.

  2. Nada que pueda arreglarse con unos mandalas bien pintados (o no, que no es cuestión de interferir en la creatividad). Dos padrenuestros y tres avemarías. O ir a una clase de «sicopedamonguismo» y ppnerte creativo a base de hacer «flipping» «gilipooling» y «mepartolculing». Y si te dicen algo, pues los denuncias por cortar tu cretividad e impedir que te expreses y puedas ser feliz. Los profesores de verdad tenemos cerebro. Podríamos montar un comando y dedicarnos a hacer escraches en toda conferencia-magistral. Sorprendentemente, eso sí es «lo más de lo mas de la innovación en conferencias». Comer palomitas y explotar burbujas de chicle mientras te cachondeas del ponente, se ve que no (eso solo se puede permitir en una clase, que no es cuestión de que en ellas se aprenda nada. En las conferencias sí. Mogollón… ¡Seamos creativos, exigamos las conferencias pedagógicas «flipped»!. Yo lo veo más superguay que hacer cursillos inútiles. ¿Alguien se apunta?

  3. Estoy flipando. Creo que puedo compartir buena parte de tus argumentos (otros no), pero, ¿de verdad estás criticando a este nivel esto del Art Thinking solo por la nota de El País? Yo también apostaría a que el Art Thinking es un producto marketingiano que da la espalda a la complejidad de las aulas, los programas, la diversidad del alumnado, etc. Pero, precisamente cuando se trata de hacer frente a frivolidades de este tipo me parece que es imprescindible un poco de seriedad y rigor y, al menos, haber echado un buen vistazo al libro, ¿no?

    1. No, no estoy criticando el Art Thinking. Qué demonios… claro que sí. Estoy criticando todas esas modas educativas que vienen de personas que nunca han pisado un aula donde va a aplicarse salvo en su época estudiantil y que, por desgracia, se ven en la obligación de recomendar a todos los que sí las pisan cómo hacer su trabajo. Por cierto, mi conocimiento del Art Thinking no es sólo de la nota de El País. Lamentablemente leo demasiadas cosas sobre temas «educativos» por deformación de mi intelecto.

      Un saludo.

  4. Genial. Totalmente de acuerdo con lo que dices. Yo también leí el artículo en El País y pensé lo mismo, pero sin que me pusiera a escribirlo tan bien. Solo me quedé en «una nueva chorrada psicpedagogicaguay de alguien que va a sacar pasta en conferencias y renombre por publicar inutilidades, y así trepar hasta catedrático papanatas.» Lo que ya no me parece tan increíble es que se siga dando pábulo a cualquier iluminado con cualquier ocurrencia pseudoeducativa de turno. Aparte de negocio, es una corriente que interesa mantener, gracias a la imbecibilidad exponencial que se pretende extender por doquier. A raíz del artículo de marras, pensé algo parecido a lo que se ha propuesto aquí: llegar un día a clase con un saco de melones, estamparlos contra las pizarras de las clases que vaya dando y que los alumnos crearan a partir de eso. A ver qué inspector guapo se me queja cuando le advierta de que estoy en lo más vanguardista de la innovación pedagógica.
    Un saludo.

    1. No vale la pena desperdiciar comida en las aulas y menos teniendo alumnos con problemas en conseguirla. Eso sí, propongo la sustitución de esos melones por la elaboración de varios muñecos con plastelina y, posteriormente, su estampación en el techo para ver qué parte pueden dejar ahí esperando, eso sí, que al inspector no se le ocurra asistir al aula en ese momento no sea que tengamos algún percance al poder perder la trayectoria.

      Un saludo y gracias por comentar.

  5. Lo único que veo peor del artículo es no decir claramente que el alumno sufre, se aburre, está deseando acabar y sí, se estresa muchas veces. Es que las cosas son así. No hay que esconderlo. Están por obligación. Da la sensación de que nos da un poco de vergüenza ante esta enseñanza de la gominola que es mentira. Aprender requiere de esto muchas veces y es un hecho que el alumno muchas veces apenas valora y rechaza lo que se le enseña. Pero es que es parte del juego y de la vida. No hay que avergonzarse.

    1. No creo en el sufrimiento como algo necesario de incorporar en las aulas. Eso sí, reconozco que, en ocasiones -y no pocas-, el alumno se aburre (seis horas dan para mucho aburrimiento y más cuando están más hormonados) y está deseando acabar. Si ya lo estoy yo como docente, me imagino a alguien que, sentado en una silla o haciendo algún trabajillo guay (sí, lo guay sólo es para el que se lo prepara) está allí obligado y sin recibir, más allá de una moto que normalmente se regala a los peores estudiantes, poco más que un boletín de notas trimestral y alguna carantoña de sus padres. No, aprender no siempre es divertido. Qué demonios, aprender a determinadas edades no es divertido pero, como bien dices, es parte de la vida. Eso sí, lo anterior no excluye a la necesidad de cambiar ciertas cosas o adaptarlas para que no convirtamos, como sucede en ocasiones, el sufrimiento como único objetivo. Algo que no sucede en las aulas del siglo XXI aunque algunos aún se piensen que fustigamos a los chavales y venden metodologías supermodernas y chachipirulis. Todo es mucho más lógico y coherente.

      Un saludo y gracias por comentar.

      1. ¿Incorporar el sufrimiento a las aulas, quién defiende eso?, ¿el sufrimiento como objetivo? Hablo de una realidad no que sea algo deseable. La percepción del alumno no coincide en muchas ocasiones con la nuestra pues le obligamos a hacer cosas que no le gustan bastantes veces. Y sufren. La cuestión es cómo hacer que se aburran menos y sigan aprendiendo manteniendo niveles de exigencia. Ese es el reto que anima.

        1. Un reto complicado que no va a ser resuelto desde tarimas alejadas del aula ni recetas milagrosas. Algo que se deberá a la adaptación del docente, a la mejora social y a otros factores que, quizás, no estamos dando actualmente demasiada importancia.

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