La realidad de las escuelas públicas innovadoras

Pecar de ingenuo no es malo per se. Otra cuestión es aceptar que prácticas educativas que se venden como innovadoras que, por lo visto, en lo único que consisten es en intentar transformar a la escuela pública en otro tipo de centros. Sí, en Cataluña en estos momentos -y ya hace tiempo- se está hablando mucho de innovación cuando lo que, realmente quieren decir, es sumisión a las reglas del mercado y uso de prácticas que, jamás, deberían permitirse en esos centros públicos que, curiosamente, curso tras curso, están viendo reducidas sus plantillas y recursos económicos. No, no es de sentido común imitar prácticas que, más allá de su dudosa utilidad (a día de hoy nadie me ha sabido explicar las bondades, con hechos probados, de los modelos de las escuelas de los jesuitas o las que aplican ABP o inteligencias múltiples) no tienen ningún tipo de valor añadido para nuestros alumnos. No, no me vale que me hablen de maravillosas experiencias educativas cuando son aplicadas sobre grupos «exclusivos» (por favor, analicemos la situación socioeconómica de los padres que llevan sus alumnos a esos centros y las posibilidades que tienen para complementar ese aprendizaje que deja de darse en esos centros) y, aún menos, de prácticas que ya fracasaron en siglos anteriores bajo el pretexto de que ahora van a funcionar. No, a mí no me vale lo anterior y por eso no lo compro tan alegremente.

Cuando uno revisa los centros educativos públicos que se han sumado a la ola de la innovación educativa que gestionan unas determinadas fundaciones avaladas por organizaciones empresariales, uno debería aplicar el principio de precaución. Analizar a qué tipología de centros llevan los equipos directivos y docentes de esos centros a sus hijos y, extraer conclusiones de lo anterior. Sí, cuando algunos directores crean plazas estructurales desplazando de su centro a todos los docentes -incluyendo a los funcionarios, que son quienes más molestan- que cuestionen esa «innovación» que pretenden aplicar, es que quizás no esté tan claro lo que quieren hacer en su centro. Cuando, curiosamente, también se dan agrupamientos flexibles que consisten en las agrupaciones por niveles del alumnado, estableciendo una gran cantidad de adaptaciones curriculares para aquellos que no llegan o molestan en el aula, es que quizás tampoco no tienen muy claro en qué consiste su trabajo. Sí, me preocupa -y mucho- la necesidad de homogeneizar los centros educativos públicos para llevar a cabo un determinado proyecto supuestamente innovador. Y no, no me vale la excusa de decir que sólo con mis docentes puedo tirar adelante un proyecto. Suena más bien a una especie de fascismo nada encubierto que pretende eliminar todo rastro de crítica de los Claustros. Y ya cuando se intenta eliminar de la ecuación a los padres que no comulgan con el proyecto recomendándoles que busquen otro colegio para sus hijos porque no encajan en éste… algunos intuimos cosas muy feas.

Fuente: http://www.jotdown.es
Fuente: http://www.jotdown.es

Hay imposibles en el aula que pueden venderse muy bien mediáticamente pero, sinceramente, lo innovador no es homogeneizar el pensamiento ni trabajar siguiendo una determinada ideología de forma global. Lo innovador es respetar la heterogeneidad del alumnado y del profesorado, estableciendo mecanismos de comunicación que permitan llegar a acuerdos porque, para lo anterior, ya existen otra tipología de centros.

No es cuestión de comprar la educación finlandesa, estonia o singapurense para aplicarla en nuestros centros. Mucho menos la promovida en contextos segregadores y altamente ideologizados. Innovar consiste en, más allá de que pueda ser más o menos bonito o permita llenar cientos de líneas en los medios, hacer lo mejor posible con todos nuestros alumnos sin dejar a nadie en el camino. No es sacrificar la excelencia, es permitir que, dentro de unas competencias que deberían asumir todos, podamos tener alumnos capaces y críticos. Algo que no se consigue con la eliminación de todo tipo de diversidad basándose en la perentoria necesidad de realizar proyectos cuya máxima sea la de no salirse de un guión mal escrito y, lo que es aún peor, trasladado a los cines en su peor versión. Porque, en las escuelas públicas no se trata de hacer dinero y ahorrar costes como único objetivo. Se trata de hacer la mejor película posible con los actores más variopintos posibles.

Una aclaración… la imagen que acompaña al redactado de este artículo es de un aula de la Alemania nazi. Algo que no es comparable a lo que he intentado incorporar a este artículo porque, por suerte, a día de hoy, aún hay muchos centros educativos públicos cuya heterogeneidad de proyectos, alumnado y profesorado, permiten seguir albergando una cierta esperanza.

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

3 Comments
  1. Las reglas de mercado
    Esta afirmación me huele a tópico
    ¿Qué reglas?
    ¿Están claras?
    ¿Son únicas?
    ¿La sociedad interviene en estas reglas?
    Muchos hablan del mercado creyendo que es neoliberal, que no tiene otra regla que la libre competencia, en la línea de D Trump.
    La Europa que queremos, paso un poco mucho de España!, está lejos de este mercado.

    1. Me ha hecho pensar mucho su artículo -siempre hay un poco de conspiración en todas partes, sólo hay que dar un vistazo a las diferentes corrientes recogidas en los manuales de sociología de la educación o en los montajes publicitarios de algunos centros privados de lujo, como éste
      http://www.cmontserrat.org/ca/noticies/
      Me gustaría ver al sr Howard Gardner disfrutar plácidamente dando de merendar y enseñando cómo se coge la cuchara a los alumnos en uno de esos centros donde la docencia se convierte en supervivencia.
      No soy un fan de la conspiración, si un jubilado que desde la grada observa que los esfuerzos de toda una vida se están fugando por el sumidero de la «innovación».

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