La revolución educativa de Ferran Adrià

En primer lugar me gustaría reconocer que Ferran Adrià me parece un artista de la cocina. No, no digo nada nuevo si afirmo lo anterior ya que, tanto el restaurante que tuvo junto con las genialidades que cada cierto tiempo se le ocurren, hacen de él una de los mejores profesionales de la cocina del mundo. Eso sí, una vez dicho lo anterior y sin ningún ánimo de polemizar demasiado sobre el asunto tengo que cuestionar su decisión, amparada por la Fundación Telefónica (de la que todo conocemos sus grandes fiascos e intentos varios de adueñarse, sin reparos, de la gestión educativa de nuestro país y de países de América del Sur) y validada por argunos grupúsculos educativos o docentes que, por desgracia, están más pendientes de subirse a un tren a velocidades de vértigo que de mejorar, con sin prisa pero sin pausa, un sistema educativo que no es tan nefasto como nos están vendiendo desde los medios. No, yo creo que estamos cometiendo un error al intentar usar un «método Adrià» para ayudar a nuestros alumnos. Me parece un auténtico despropósito intentar, más allá de siempre ser interesantes las aportaciones de todos, importar métodos de alta cocina creativa a un sistema educativo cuyo objetivo no debería ser el ofrecer menús de veintimuchos platos a un precio astronómico que, lamentablemente, una vez degustados y disfrutada la experiencia, uno no repetiría a diario. El menú del aula debe ser más básico. Una buena tortilla de la abuela, un buen bocadillo de lomo con queso e, incluso, algún día muy de tanto en tanto de bollería industrial, no es una comida tan mala.

Fuente: http://www.fundaciontelefonica.com/
Fuente: http://www.fundaciontelefonica.com/

Lo de las Escuelas Creativas Ferran Adrià me parece, de nuevo, otro de esos inventos a los que se pone la cara de algún personaje conocido que, con toda la buena voluntad del mundo, intenta ofrecer algunas ideas para mejorar algún ámbito concreto. El gran problema del asunto es que, al igual que yo lo tengo difícil de hacer un marshmallow de parmegiano o un caramelo de aceite de calabaza, una persona que sabe hacer lo anterior no tiene la necesidad de saber qué se hace en nuestras aulas. Y, seamos sinceros, no creo que poner nombre extravagante a mezclas de productos inverosímiles tenga su traslación educativa. La creatividad constante, con un grupo de profesionales que cierran cuatro meses el chiringuito para formarse en los nuevos platos y, un conjunto de comensales encantados por poder reservar mesa en un determinado restaurante tiene muy poco que ver con la realidad educativa de nuestro país. Ni con la realidad, ni con las necesidades educativas que tenemos actualmente.

Me parece, vuelvo a repetirlo, muy positivo que todo el mundo hable sobre temas educativos. Lo que ya no me parece tan positivo es el intrusismo profesional donde parece que todo el mundo sabe qué hacer para mejorar la educación. Si a los que trabajamos en el aula ya nos cuesta saber qué estrategias tomar en nuestras clases, ya me imagino a gente que no ha dado nunca clase en etapas obligatorias o las conoce sólo en su visión de padre/madre o de las noticias que difunden los medios, encontrando todas las soluciones. Pues, sinceramente, va a ser que no. No, un aula no es un restaurante. Al igual que tampoco no es una fábrica de producción de tornillos porque, para quien no lo sepa, no hay dos alumnos iguales ni una solución única.

Por cierto, que en su decálogo te digan textualmente que «en esencia, las Escuelas Creativas promueven una manera diferente de organizar el centro y el propio aprendizaje, dejando una interpretación muy libre a quien la quiera asumir» ya te dice muchas cosas del bluf que supone el asunto si tienes un par de dedos de frente 🙂

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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