La verdad no está en las redes

Son ya algunos los años que llevo naufragando entre las diferentes redes sociales. Años en los que he visto cientos de propuestas educativas, materiales maravillosos e, incluso, aquellos vídeos edulcorados en Youtube en los que una clase se muestra totalmente afectada en positivo ante una explicación magistral. Ya, para los puristas, entiéndase magistral como activa, pasiva o lo que a uno le guste más. Miles y miles de recursos compartidos. Porrón de diseños metodológicos. Nombres variopintos y muy mediáticos de personajes que en las aulas son capaces de convertir, según lo que se lee, el pan en vino. Bueno, en un Rioja de precio aceptable en Mercadona.

Fuente: http://www.laverdad.com

¿Realmente es cierto todo lo que nos muestran las redes? ¿En serio podemos saber la profesionalidad de uno en función de lo que publica? ¿Alguien es capaz de juzgar si uno es un buen o mal docente en función de que sepa mediatizar, mejor o peor, sus manipuladas percepciones acerca de lo que supone que sucede en su aula? La verdad nunca ha estado en las redes. La verdad, o la aproximación más fiable a la misma, siempre se ha hallado en el aula porque, vender no es tan complicado si uno sabe hacerlo bien. El problema es cuando sólo vendemos aquello positivo que nos sucede, amplificamos nuestros éxitos y reducimos a la nada nuestros fracasos. Ya, seguro que si uno no hace cosas y las publica en las redes, no es buen docente. Pues vale, vamos a aceptar pulpo como animal de compañía y boquerón como sustituto de la hamburguesa del McDonald’s.

Ya no es sólo cuando se habla acerca de temas políticos que podemos encontrarnos versiones totalmente opuestas de un mismo hecho. Lo anterior lo hemos trasladado a la educación. Diferentes perspectivas tomadas de forma nada objetiva acerca del aprendizaje de nuestros alumnos. Ya, queda muy bien vender lo mucho que se hace y la gran cantidad de cosas que se montan para el nuevo año pero… ¿hasta qué punto lo anterior está relacionado con una buena praxis docente? Quizás saber usar la voz, tener estrategias de comunicación eficaces y dominar la materia pueden sustituir a todos los artificios de los que algunos se ven obligados a pertrecharse cuando dan clase. Quizás, y sólo quizás, todo aquello que se nos muestra como éxito debería relativizarse. Quizás, al final, lo que sale en los medios tiene muchos peros que se omiten por necesidades obvias. Lo de encumbrar a determinados personajes como héroes de aula, por haber publicado un vídeo con sus alumnos o haber sido nominados al premio superprofe, tiene muy poco que ver con lo que realmente han hecho en las aulas. Un director de cine es aclamado por sus películas porque es su trabajo. Un docente no puede jamás ser encumbrado a los altares por algo que no sea el aprendizaje de sus alumnos. No vende mucho pero es la realidad. Una realidad incómoda que no interesa publicitar. Una realidad que las redes se encargan en edulcorar para convertirla en un relato de ficción.

Trabajar en el aula es más complejo de lo que nos muestran las redes. No, no hay estrategias maravillosas ni, por mucho vídeo que uno se dedique a montar en agosto para sus alumnos, hay mayores posibilidades de éxito. El éxito viene de la profesionalidad y no de recursos. El éxito de un docente es quizás algo que poco se puede demostrar en las redes porque, seamos sinceros, ¿alguien se cree que uno es mejor docente por tener un blog, dar más o menos ponencias o, simplemente, escribir uno o más libros sobre educación? ¿Alguien a estas alturas de la película cree que la cantidad de amigos que tiene uno en Facebook hacen que uno pueda tener más compañía a la hora de irse a tomar una cerveza? ¿Alguien realmente se cree que lo de Venezuela o Cataluña que nos cuentan unos u otros tiene el mínimo parecido con la realidad? Pues va a ser que no. Eso sí, siempre queda muy bien eso de las verdades absolutas porque las dicen los míos o los tuyos. Un poquito de por favor porque no todo es tan claro y la realidad, en más ocasiones de las que nos pensamos, está muy lejos de lo que nuestro lindo pajarito pía, nuestra «caralibro» nos muestra o, simplemente, nuestro Instagram enseña después de haber pasado por numerosos filtros la foto.

Bienvenidos a la verdad del siglo XXI. Una verdad que nunca había sido tan fácil de manipular.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

5 Comments
  1. Jordi, buenos días.
    Estando de acuerdo contigo, convendrás que durante años hemos estado sin saber que ocurría al otro lado de las paredes de nuestra aula (salvo algún que otro barullo o algún grito pelado). Muy lejos de los cotilleos, mis necesidades estaban en ver cómo gestionaban el mismo grupo que una hora antes me habían dejado agotado. Grupos en los que la misma dinámica de trabajo no siempre funcionaba.

    Creo que las redes sociales nos han permitido ver como nuestros compañeros trabajan, pero con un punto de escaparate de tienda de modas, en él se luce lo más vistoso (no siempre lo mejor), y después como en muchas tiendas cuando entras o bien te sorprende gratamente o bien te llevas las manos a la cabeza.

    En el tiempo que llevo leyendo tus tweets podría sacar la conclusión que eres un sectario. Twitter no permite diferentes tonos de grises sólo eslóganes. Si no fuera porque tomas horchata y también porque matizas tus comentarios en tu blog la percepción que tendría sería muy decepcionante. Es por ello por lo que relativizo todos los eslóganes de Twitter y les doy a todo el mundo su tiempo (bueno, no siempre).

    Saludos.

    1. Creo que en ninguna parte del artículo excluyo la necesidad de conocer qué se está haciendo en los centros educativos o qué estrategias están llevando a cabo los docentes. Eso sí, lo único que recuerdo es la necesidad de aplicar el principio de precaución y, quizás, empezar a comprender que el cambio llegará por lo que uno haga en su centro, la cantidad de profesionales que se impliquen y la gestión (contando con las familias y alumnos) que pueda hacerse de un determinado modelo (ni único, ni homogéneo, ni controlado por exigencias muy poco educativas).

      Me encanta ver qué se hace en los centros. Y ya ves… a mí me gusta Twitter como bar de copas pero, sinceramente, las conversaciones prefiero hacerlas aquí porque me permiten matizar ciertas cosas. Matices que son, a veces, mucho más importantes que los eslóganes que uno puede decir en 140.

      Un saludo y gracias por pasarte por aquí… aunque sólo sea por ver si tarde o temprano recomiendo alguna horchatería 🙂

  2. ¿convertir el pan en vino? ¿no será el agua?
    En todo caso, ni la verdad ni la mentira. Solo que tiene mucho más eco lo que decimos.
    Y, en todo caso, mucho más impirtantes, a mi juicio, actitudes y valores que la herramienta (o tecnología), que cambia bastante además.
    Saludo veraniego (por aquí, más fresquito)

    1. La verdad es que llevo muy mal ciertas historietas y, por ello, a veces me confundo. En referencia a verdades y mentiras o, quizás, supuestos ecos más o menos sonoros, hay mucho por cuestionar. No un altavoz que difunda a más decibelios tiene más veracidad que otro que sólo emite pequeños susurros.

      Saludos desde un horno que, por suerte, parece que ha dejado de ser tal. Al menos puntualmente.

  3. Gran comentario. El problema es que no es sólo un eslogan tuitero, es que lo domina todo, congresos, revistas especializadas, la propia universidad, y los propios claustros donde algunos empiezan a reflejar una cierta superioridad moral sobre esos vagos que no exhiben sus logros seguros. Y de ahí la rebeldía y a veces el exabrupto sin tonos grises del autor. Es entendible. La cosa ha ido más allá de conocer otras experiencias, tan positivo, es que esas otras experiencias siempre suelen ser maravillosas con resultados excepcionales, son la solución, ya ahora y aquí pues el adolescente está deseando aprender y solo esperaba el crecepelo maravilloso. Lo que cuenta es el vender una imagen de éxito de ahí esa multiplicación de profesores con sus alumnos en videos de youtube como si supusiera algo rompedor. Y siempre sin esfuerzo alguno, el juego y la felicidad.

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