La vergüenza de un iletrado pedagógico

Lo reconozco. No tengo la capacidad de memorizar el nombre de cincuenta mil investigadores educativos y, aún menos llenar más de la mitad de mis artículos con referencias bibliográficas que suman cientos de miles de hojas de estudios sobre temas educativos. Me avergüenzo por ello. Sinceramente, siento una sensación extraña al ver tan cantidad de grandes estudiosos que disponen y han dispuesto de días consistentes en miles de horas o de tener la capacidad de, dentro de sus funciones profesionales, dedicarse en exclusividad a leer pedagogía.

Fuente: Twitter
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Hay veces que, por curiosidad, echo un vistazo a los documentos que algunos usan para defender sus posturas educativas y, por desgracia, no tengo la capacidad de interpretar lo que quieren ellos que digan. Sí, resulta curioso que, pongamos por ejemplo cuando se intenta defender al bilingüismo, se usen estudios de organizaciones que nadie conoce, de equipos de investigación de Universidades que he tenido que buscarlas en un mapa o, incluso, se perviertan sus resultados para que las mismas digan lo que les interesa a los que defienden tamaño despropósito. No pasa nada, seguro que es mi incapacidad de leer o, simplemente, de interpretar lo que debería entender. Me cuesta, reconozco que me cuesta. Los borricos que, lamentablemente, ni tenemos la capacidad de soportar cuarenta hojas de una investigación educativa llena de números y análisis variopintos, amén de un vocabulario totalmente ininteligible para profanos, debemos conformarnos con el sentido común. Y eso no es serio. No es nada serio no encumbrar a aquellos que, un día tras otro, son capaces de embutirse entre pecho y espalda mezclado con el entrecot o el lenguado cientos de líneas de literatura pedagógica.

Y ya cuando son determinadas organizaciones las que hablan alegremente de los resultados que ha obtenido Pepito, Juanito o Menganito, que exponen en sus libros de quinientas hojas o, el típico superdocente que, en su blog, da a conocer que se ha leído el último año cerca de doscientos volúmenes completos de libros de autoayuda, coaching o estrategias para ser un buen docente, entonces ya me siento cada vez más pequeño en un contexto formado de diplodocus educativos.

Nada, lo mío es dar clase. Lo de justificar basándome en estudios que, acumulándose en mi cerebro, vayan desgranando la típica frase: «es que lo decía Curruqueta en el veintiochoavo volumen de sus inferencias gamificadoras de un flipped classroom bilingüe» ya es algo que se va de mis posibilidades. Unas posibilidades más que limitadas y que, como mucho, me permiten leer algunos artículos que algunos enlazan, reírme -por no llorar- de mi incapacidad de entender lo que dice el otro que dice y, poca cosa más.

Ojalá algún día pudiera ponerme al nivel de sapiencia de este tipo de literatura. El problema es que mi día es limitado en horas, mis prioridades acuciantes no son la de poder hablar mucho y más de intentar hacer algo como la mayoría de mis compañeros y, por suerte, existe Google. Que para disimular lo iletrado que es uno, nada mejor que usar el buscador para hallar un libro escrito por uno de esos grandes intelectuales de lo educativo y ponerse a fardar de lo mucho que sabes. Sí, queda bien pero, por desgracia, te impide dejar de usar las orejas con las que te has castigado por no ser uno de ellos.

Aprovecho este post para felicitar a todos aquellos que recomiendan "los 1000 libros que todo docente debería leer". Por lo visto, sí se puede 🙂
EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

4 Comments
  1. Imagino que los del «veintiochavo tomo» es coña, ¿no? Creo que, ni de broma, los docentes debemos ser discípulos del ínclito «treceavo» ministro de Cultura, Sr. Solana

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