Las reglas del juego

Al final es todo cuestión de dinero y poder. Son las dos variables que, recurrentemente, pueden ser usadas para explicar la situación en la que se halla la educación en la mayoría de territorios. Dinero, poder y relaciones que permiten llegar a conseguir lo anterior. No hay altruismo mal entendido, hay diseño de planes y necesidades que, por desgracia, se hallan alejados de cualquier objetivo pedagógico o, simplemente, de capacitación humana de nuestros alumnos. Ser un iluso a día de hoy y pensar que todo se hace por el bien de los alumnos, que el desembarco de metodologías, amparadas por determinadas multinacionales bajo fundaciones o, simplemente, la creación de centros educativos de gestión privada, es por el bien social, es tener muy maltrecho el pensamiento crítico.

Fuente: Fotolia CC

Cuando uno habla de educación o, simplemente de factores que influyen sobre la misma, ya está haciendo traslación de conceptos económicos, más o menos socialmente aceptados o reconocidos implícitamente, a ese ámbito. No es algo banal, no. En un mundo desigual lo que interesa es seguir manteniendo -e incluso amplificar- esa desigualdad. Desigualdad o necesidad de mecanismos de producción para obtener, al menos coste posible, trabajadores más o menos cualificados. Y si se puede hacer negocio durante el camino, antes de incorporar al personal a ese mundo laboral, muchísimo mejor.

A veces erramos el discurso cuando hablamos de permitir cualquier desembarco empresarial en el ámbito educativo. Da la sensación que, mientras no lo paguemos directamente de nuestros bolsillos, todo el negocio que está floreciendo al amparo de los servicios públicos, sea bien recibido. Sí, mayor competencia y posibilidades de elección dentro de un mercado cada vez más global y globalizado. Liberalismo llevado a sus últimas consecuencias. Negocio con menores implicados. Miles de millones de euros, dólares, yenes o cualquier otra divisa de intercambio destinados a ser devueltos a la banca bajo epígrafes más o menos sociales. Poder obtenido del adoctrinamiento y establecimiento de normas de conducta. Desprecio a la razón y aplauso a lo soez. Cambio de modelos o perversión de los mismos hasta que se asuman por parte de los jóvenes como objetivo básico.

Si el dinero no fuera variable educativa quizás no habría tampoco, en contrapartida, tanta «innovación». No existirían, quizás, tantas empresas ofertando productos o servicios para los chavales. Quizás no habría tampoco tanto movimiento de capital que permitiera, a su vez, la posibilidad de moverse en un mercado ficticio creado y mantenido para que algunos puedan obtener su parte del pastel. Y, por qué no decirlo, al ser el dinero una variable educativa, abarata costes en la oferta de un servicio a costa de menor protección laboral de los trabajadores y necesidades a cubrir que se ahorra el propio Estado delegando esas funciones básicas a terceros.

Cuesta imaginar una sociedad sin centros educativos de gestión privada con títulos reconocidos, al mismo nivel, que los de la pública. Cuesta imaginar una sociedad sin un septiembre lleno de libros en los grandes centros comerciales y que, no lo olvidemos, también permiten sanear un poco las cuentas de aquellas pequeñas librerías de pueblo. Cuesta, a día de hoy, plantearse estar en un aula sin depender de una línea de internet suministrada por una multinacional o uno de esos equipos informáticos que se ensamblan en países en vías de desarrollo, sin tener en cuenta el medio ambiente ni la vida de las personas que trabajan, con salarios misérrimos, para que en el primer mundo podamos disfrutar de esas herramientas que nos han vendido como imprescindibles. La sociedad se ha vendido por dinero. La educación es sólo un tema de poder o dinero. Eso sí, que lo aceptemos como normal no significa que lo sea pero se está vendiendo y comprando muy bien la idea.

El objetivo del ciudadano medio siempre es el mismo: una casa, un coche y poder darse cuantos más caprichos mejor. Una mentalidad que ha calado hondo y que, nos guste o no, es nuestro contexto social y nos obliga a seguir esas reglas de juego. Unas reglas de juego que, por mucho que nos empecinemos, no van a cambiar a corto ni a medio plazo. Así pues… ¡a jugar! Bueno, y a usar alguna triquiñuela porque nuestros alumnos se lo merecen 🙂

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

2 Comments
  1. Benvolgut Jordi, gràcies pel text, Coincideixo amb el que dius. No més canviaria que no errem el discurs però l’estratègia. Em nego a acceptar totes les facilitats que s’ens ofereixen perquè veig que sempre cerquen mantenir l’estatus quo, com a mínim, si no aprofundir l’esquerda que divideix la societat. Més que l’existència d’institucions privades em preocupa quan costa distingir entre l’una i l’altra tant pel reconeixement que esmentes com per la semblança del seu cost per l’usuari.
    El ciutadà mitjà a hores d’ara fins i tot vota Rajoy, Trump i demà Le Penn o Mussolini. Crec que no hem de jugar malgrat ens costi l’alegria, perquè, de totes maneres, estem pagant amb «la vida».

    1. Tens raó Edgar, malauradament ens toca jugar amb cartes marcades i per desgràcia, dóna la sensació que, o t’adaptes a les regles del joc o et fan fóra del sistema. En referència al tema de l’errada d’estratègia i no de discurs podria ser però, sempre s’ha de tenir en compte que es poden arribar a barrejar els conceptes perquè no hi ha discurs sense estratègia ni estratègia sense discurs que la defensi o promogui.

      Salutacions i gràcies per passar-te per aquí.

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