Lo gratis no mola

En un contexto en el que el precio, por lo visto, marca la calidad de los productos y/o servicios, no es extraño observar como gran parte del contenido educativo realizado altruistamente queda siempre en segundo lugar. Son cientos las experiencias y materiales, realizados de forma altruista por docentes que, por desgracia, quedan al margen del uso por ser considerados como un producto de ínfima calidad en un mercado regulado por el precio de venta. Al final no es la calidad, es el precio para su compra o consumo. Dinero que no hace las cosas mejores, pero sí que pervierte las mismas para dotarlas de un valor que no tienen. En un mundo donde un menú de trescientos euros, alabado por todos, después del cual uno se ve obligado a acudir a comerse un bocadillo en el bar más cercano por haberse quedado con hambre, vale más que una de esas comidas tradicionales que aúnan calidad y cantidad, no es raro ver dicha extrapolación a la educación.

Fuente: http://www.lafactoria.com.ec

Si un ponente cuesta miles de euros, se supone que dicho ponente es bueno. Si un máster sobre pseudoeducación cuesta un ojo de cara, agota sus plazas. Si un libro se vende a miles, a un precio de coste algo más caro de lo habitual, ya suponemos que es una obra fantástica de la literatura. Si uno crea un aparato con un determinado logotipo por el que cobra casi mil euros que le permite hacer lo mismo que uno que vale mucho menos de la mitad y que, curiosamente, genera colas en su salida al mercado, ya deberíamos sospechar que algo no va del todo bien. Menos aún cuando la calidad no es el producto o servicio y se convierte en una simple relación directa con el precio. Y mola. Mola pagar por los productos. Mola pagar por un libro de texto aunque tengas materiales mejores por la red. Mola pagar una cuota en un determinado centro educativo aunque sepas que, al lado, se va a ofrecer mejor calidad educativa. Mola comprarse una app o software para hacer ciertas cosas en el aula aunque sepas que complica la vida a su usuario o puedes encontrar alternativas libres. Que lo del precio marca el asunto.

Entre la falta del valor que se da a lo gratuito y al trabajo que puede haber tras lo anterior, hay mucho oculto. Especialmente un capitalismo salvaje que lo ve todo como un simple intercambio al mayor coste posible. Primero se hace una campaña mediática para desprestigiar lo gratuito y, finalmente, se acaba vendiendo algo de calidad bastante inferior a un precio astronómico. Y todo ello con el aval de la comunidad educativa. De toda sin excepción. Bueno, con honrosas excepciones. Excepciones que no incluyen a quienes no pueden acceder a costearlo pero sí a todos aquellos que pudiendo, deciden libremente optar por algo que, en ocasiones, puede ser gratuito.

Ser gratuito no consiste en vender tus datos. Ser gratuito no consiste en generarse una esclavitud con una determinada herramienta. Ser gratuito implica tener tantas alternativas posibles como se pueda. Lástima que no venda. Lástima que los docentes que hacen cosas gratis ni tan solo reciban una palmadita. Lástima que, al fnal, la concepción social de ofrecer determinadas cosas de forma altruista, se haya convertido en la única manera que algunos cojan ese servicio/producto, le añadan un logotipo y lo vendan como propio. Es el dinero. Es la concepción económica que subyace tras todas las decisiones que se acaban tomando.

Si uno puede ganar mil, ¿por qué ganar solo cien? Al final no es lo que uno haga. Es el precio que uno le ponga a lo que hace. Un precio que, por desgracia, hace que todo pivote en torno a él.

Ya si eso me disculpo por la incoherencia del post diciendo que hace muchísimo calor pero, me da la sensación que se puede entender bastante bien. O quizás no 😉

No todo lo gratis es bueno, pero tampoco lo es lo más caro. Y no, no estoy hablando de trabajar gratis ni de no valorar el trabajo de uno.
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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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