Los amigos del taser

¿No os da a veces la sensación que algunos compañeros vuestros se sentirían más cómodos dirigiendo una cárcel tipo Guantánamo, donde los reclusos no tienen ni tan sólo derecho a orinar, que dando clase? ¿A nadie le sorprende ver como, por desgracia, para algunos la solución a todos los problemas educativos pasa por dotar de mayor poder punitivo al profesional que imparte clase e, incluso, suministrar un taser como herramienta básica dentro del material con el que equipar a los docentes? Pues a mí, sinceramente, viendo algunas manifestaciones en las redes o, en mi devenir en varios centros, me ha dado la sensación de haberme encontrado con esos amantes de la sanción física y del control absoluto de los decibelios del sonarse. No lo entiendo. Sinceramente no entiendo que si hay algunos que tienen vocación por ser matronas carcelarias o gorilas de discoteca no hayan optado por lo anterior. Y no, no estoy hablando de la necesidad o no de las sanciones ante acciones disruptivas. Estoy hablando de llevar las mismas al único objetivo del trabajo de uno.

Fuente: http://www.fundeu.es

No creo en políticas de laissez faire pero, sinceramente, llevar la represión hasta extremos cuyo único objetivo sea la política de tolerancia cero que se experimento en Nueva York por la cual, por el simple hecho de romper un cristal una noche de botellón, uno acababa en la cárcel creo que tampoco es el camino pero… ¿qué hacemos con esos chavales que cometen esos pequeños actos de terrorismo educativo de baja intensidad? ¿Les damos una parrafada? ¿Les montamos un trabajito social tipo recoger papeles o copiar mil veces «no volveré a molestar en clase»? ¿Cuál es la medida efectiva? Pues no lo sé. Sinceramente, no tengo ni idea. Lo que sí que tengo claro es que tratar a los chavales como presuntos delincuentes no funciona. Y aún menos aplicar la máxima pena por detalles insignificantes (sí, lo de que le pongan a uno un parte por comer chicle en clase o no traer los deberes se las trae).

Quizás esté equivocado. Quizás no tenga, por suerte en mi caso, la necesidad de acudir a medidas sancionadoras con frecuencia. Quizás es que me gusta usar otro tipo de maneras de reconvertir una situación explosiva en una detonación controlada. No lo sé. No tengo ni idea. Al igual que en muchas cosas relacionadas con mi trabajo sé de cosas que me van bien en momentos puntuales y, como digo siempre, difícilmente extrapolables.

Creo en la disciplina. No creo en la disciplina como objetivo máximo. Creo que los errores que cometen los chavales deben tener sus consecuencias. Eso sí, de ahí a la necesidad de ir enviando el personal a casa de forma reiterada o la existencia de aulas de castigo llenas a todas horas va un largo trecho porque, al final se opta por la fórmula más cómoda: la sanción.

El miércoles uno de los puntos del orden del día de mi Claustro es «Disciplina y Convivencia» y es por ello que tengo mucho miedo porque, como siempre sucede, no hay manera de estar de acuerdo entre posturas que casi siempre se contraponen de forma muy antagónica. Lo digo por experiencias previas en otros centros. En éste espero que no llegue la sangre al río 🙂

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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