Los docentes de las «galletas»

Hay una máxima que dice que, si alguien está convencido que cualquier tiempo pasado fue mejor, es imposible hacerle entrar en razón. Y sí, en el ámbito educativo hay muchos que creen que volver a los clásicos es la única solución para erradicar el fracaso escolar y mejorar el resultado de nuestros alumnos. Lástima para ellos que, por desgracia, algunos no lo tengamos tan claro.

Ayer escribí un post acerca de aberraciones educativas que, a mi entender y siempre desde la óptica personal, consideraba que deberían erradicarse de nuestras aulas. Hay tradiciones que, por mucho que se lleven perpetuando a lo largo de décadas, no pueden aplicarse a un contexto que tiene poco que ver con el que había entonces. No es lo mismo tratar de educar en una sociedad donde, tanto la comunicación como las libertades -aunque últimamente se resientan- han alcanzado cotas que nadie soñaba en los años treinta, que hacerlo en una sociedad cuya máxima era la represión para aquellos que no cumplieran la doctrina marcada a fuego desde determinadas instituciones. Es por ello que sigue sorprendiendo encontrarte con quien defiende lo pasado y lo tradicional como maravilloso y sólo encuentra pegas a los cambios que se promulgan. Sí, hay personas que, a día de hoy aún siguen defendiendo el gran lema de «la letra con sangre entra» y la «galleta» como método educativo de referencia. Sorprende y aterra a partes iguales. Cuando la defensa del autoritarismo por decreto y la revocación de los derechos y libertades civiles se defiende por algunos -y no pocos- como solución a todos los problemas sociales es que hay alguien que ha perdido la memoria. Y lo peor no es perder la memoria, lo peor es recordar sólo lo que nos interesa.

Fuente: Wikipedia
Fuente: Wikipedia

Pero vamos a lo que nos interesa, a la defensa de la educación a base de hostias. A los foros de docentes donde alguno, dentro de su libertad de expresión mal entendida, habla sin tapujos de «correr a galletas al hijoputa ese que no me deja dar clase». Donde dice alguno que, «ojalá se permitiera dar un par de yoyas a ese energúmeno de segundo de ESO que lo único que hace es molestar». Donde se sueltan los instintos más básicos. Y, al finalizar lo anterior, la gran afirmación… «los millones que fuimos educados a reglazos tampoco hemos salido tan mal». La verdad es que uno no puede menos de sentir arcadas. No es buenismo. Es, sinceramente, desconcierto absoluto ante la gran cantidad de sádicos que pueblan nuestras aulas. Realmente a alguno de ellos le apetecería que metieran una somanta a uno de sus hijos. A mi hija que no la toquen. No es negarse al castigo, es miedo absoluto a que alguien de esos que lanzan soflamas a favor de repartir «galletas» como si no hubiera mañana se encuentre algún día más inspirado de la cuenta y pague con el cuerpo de mi hija su frustración por no poder/saber dar clase.

Reconozco que, en ocasiones, algunos alumnos no nos lo ponen fácil. Reconozco que hay alumnos que, por determinados motivos (me gustaría que alguno de esos tan partidarios del galletón se pusiera en la piel de los chavales), molestan en el aula. Pero, de la sanción -sí, debe haber sanciones ante conductas que rompan la dinámica del aula- a la agresión física o verbal va un largo trecho. Y si no estamos capacitados para lidiar con lo anterior, más nos vale dedicarnos a otra cosa.

No, no entiendo que haya docentes que reclamen automáticamente la «galleta» para reconducciones de alumnos. Aún menos que, en voz alta, se atrevan a soltarlo sin ningún pudor. Una «galleta» a tiempo, tal y como defienden, nunca ha solucionado nada. Lamento informar a esos sádicos que la agresión física nunca ha sido -ni está siendo- la solución a ningún problema.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

5 Comments
  1. y en vez de dar una galleta. ¿No sería más sencillo que los alumnos que no quisieran asistir a una clase/profesor, tuvieran la libertad de salir del aula sin ningún tipo de castigo? ¿Y por qué no dejar que los alumnos prueben, comparen y escojan al profesor que desean? ¿Y que el profesor cobre en función del número de alumnos que le hayan escogido?
    No, por supuesto. Que se queden jodiendo y así no quedamos en evidencia. Dar Una galleta mejor que recibirla.

  2. De acuerdo con el fondo: es INACEPTABLE incluso considerar la posibilidad de castigar físicamente a un alumno. Ahora bien, dicho esto, creo que es pertinente puntualizar lo siguiente:
    1) por mucho que repugne a nuestra sociedad democrática, la ‘agresión física’ sigue siendo una herramienta necesaria de último recurso, aunque no en terrenos escolares. La guerra y la acción policial incluyen la amenaza (y muchas veces, la consumación) de esa ‘violencia legítima’ que se le aplica a los que se niegan a razonar y acatar las normas y reglas de convivencia, y a ejercer ellos mismos violencia ilegítima.
    2) la sanción, a día de hoy, no existe en las escuelas; por lo menos, la sanción efectiva. La burocracia y el sobreproteccionismo llevan a que contra un alumno disruptivo y reiterado en sus disrupciones se apliquen tan sólo parches inútiles como la ‘derivación al aula de convivencia’, los partes y, tras la larga concatenación de montañas de partes, la expulsión temporal del discente. Sanciones que en su lentísimo proceder general, aniquilan la intención inicial de castigar la falta lo antes posible para evitar la sensación de impunidad. Sería hora de desarrollar sanciones rápidas y expeditivas, que incluyesen multas económicas a los padres de alumnos permanentemente disruptivos y la posibilidad de expulsión permanente del colegio y del sistema educativo ‘estandar’, con la alternativa de colegios disciplinarios para el alumnado expulsado o incluso (en casos reiterados de mal comportamiento en estes), la expulsión definitiva de la educación pública de los interfectos.

  3. @JoanVallés: la profesora de religión de mi instituto no pone exámenes, pone películas todos los días, da aprobado general y baja a los chavales al patio un cuarto de hora antes de que el recreo comience. Mucho alumnado coge su asignatura… :/

    @Emain:
    Estoy de acuerdo en que hay mucha lentitud y falta de opciones en las respuestas que el sistema educativo puede dar ante las conductas disruptivas, pero no en que las soluciones sean expulsar y multar. Creo que las medidas que propones no harían más que aumentar la marginalización de los chavales disruptivos, que ya suelen provenir de entornos problemáticos.

    1. Sonaba muy bien lo del alumno escogiendo «profesores». Pero la realidad se impone, gracias por refrescármela… que vergüenza lo de Religión. Otro ejemplo: profesor de esta asignatura comprando bocadillos a todo el grupo (tutoría entera) en la cafetería del colegio.
      La verdad que me hizo reflexionar: ¿era correcto aquello? Ningún mal pareciera que estuviera haciendo.

  4. El problema es esencialmente económico (todos lo reconocen, y los resultados hablan por sí solos: los hijos de familias desfavorecidas parten con desventaja en la competición por falta de input de conocimientos y falta de actitudes positivas y valores de trabajo hacia la escuela. Esencialmente, y en contra de nuestros deseos y fantasías, la escuela sólo ha funcionado como motor de ascenso social entre alumnado hijos de clases medias o de aquellos (pocos) de clases bajas cuyos padres, a pesar de sus orígenes, han estimulado y presionado a sus vástagos hacia el buen uso de la oportunidad que es la educación. Si quisiésemos soluciones reales, habría que coger el toro por los cuernos. Si un alumno tiene un entorno problemático en el que, además, no se inculca ningún respeto o voluntad hacia el estudio, la ÚNICA alternativa que queda es disciplinar/obligar/castigar a los padres o, ante el fracaso de esto, ‘reubicar’ en la máxima medida posible al alumno en un nuevo entorno (si quereis, colegio-residencia) que inculque valores y oportunidades en su residente. Todo lo demás es perder el tiempo y el dinero.

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