Los docentes deberíamos leer un poco más antes de hacer ciertas cosas en el aula

Ya sé que puede ser fantástico ponerte a hacer mindfulness con los alumnos, montar vídeos para flippear tu clase o, gamificar hasta el momento en que se va al baño. Quizás lo anterior sea, a pesar del trabajo que puede suponer ponerlo en marcha, puede llenarte de ilusión por ser «innovador» o por reproducir en tu aula esas maravillas que te cuentan algunos. Lo fácil es hacer las cosas sin pensar, quedarte en un tuit o, simplemente, sumarte a determinadas modas porque te hacen sentir bien contigo mismo. Y ya si consigues una aceptación por parte del alumnado en lo que haces, chapó. Tienes la excusa perfecta para seguir haciéndolas porque, supuestamente, te han validado tu experimento educativo. Tan solo un pequeño, pequeñísimo, pero…

Fuente: ShutterStock

¿Qué pasaría si lo que estás haciendo con tus alumnos repercute negativamente en ellos a medio plazo? ¿Qué pasa si por empecinarte en usar una determinada metodología te encuentras con tus alumnos que no pueden hacer la carrera que necesitan porque patinan en Selectividad? ¿Has leído acerca de qué puede suceder a nivel psicológico si empleas determinadas cosas? ¿Sabes algo realmente de lo que estás haciendo o, simplemente, lo estás haciendo porque te mola o «crees» que va a ser bueno para tus alumnos? Las creencias son lo que son; al igual que lo es la fe. No podemos supeditar una práctica metodológica a valores ideales. Menos aún cuando nos jugamos mucho. Nosotros no, nuestros alumnos. Y creo que nadie puede obviar al alumno dentro del proceso de enseñanza-aprendizaje. Bueno, a menos que lo único que quieras es largarte del aula, vender ciertas cosas o, simplemente, seas tan mal profesional para priorizar tus necesidades frente a las suyas. No todo vale en el aula por mucho que otros digan que lo hagan. Tampoco todas las aulas son iguales ni los resultados de la experimentación los mismos en todos los alumnos. ¿Dónde queda el principio de precaución?

Hay asignaturas en las que podemos «jugar» con más asiduidad. En las que podemos experimentar más y que, quizás, nos podemos plantear hacer ciertas cosas aún a sabiendas que podemos cagarla. El problema es que, incluso en esas, debemos ir con mucho cuidado. No solo por el hecho de equivocarnos; por el hecho de perjudicar a los chavales. A nuestros alumnos. Los alumnos siempre son lo primero y, es por eso que, antes de hacer algo con ellos deberíamos leer más de un tuit o una noticia en los medios para ponernos a hacer alguna de esas «prácticas locas». No digo que no se hagan. Digo que tenemos que leer mucho antes, durante y después. No todo vale en el aula.

No estoy defendiendo una metodología unidireccional. Sí la vuelta del sentido común, de la necesidad de acudir a fuentes fiables antes de hacer nada. Y ya lo de leer las críticas a determinadas metodologías o concepciones pedagógicas se hace imprescindible. Primero formarse, después aplicar lo aprendido. No me valen cursos de formación en los que, en cuatro pinceladas y con un sesgo muy dirigido, te venden una metodología o manera de hacer las cosas. Es mucho más serio lo que estamos haciendo. Quizás no tan mediatizable, pero mucho más serio.

A mí me gusta más leer las críticas acerca de ciertas cosas, que las envolturas en papel de regalo que algunos nos quieren endosar. Con ello no estoy diciendo que no haya cosas fantásticas que pueden hacerse en clase. El problema es que no vale justificar lo que suceda después bajo el hecho de no seguir con mi metodología. Si un alumno fracasa al ir quemando etapas es que hay algo que no se ha hecho bien antes. A veces son factores externos, otras determinados experimentos. Preocupa. Al menos a mí me preocupa. Hay mucho que no depende del docente pero, el discurso de justificarse siempre uno diciendo que el problema es de los demás que no lo hacen como se debe, tampoco me vale. Al alumno se le enseña y educa para un fin: que cada vez sea mejor persona, sepa más y tenga mayores habilidades de todo tipo. Y eso no se hace con experimentos faltos de base sólida o, incluso, contraproducentes.

Cuando uno te habla de una metodología maravillosa por oposición a otra, lo único que te está diciendo es que no se ha leído nada. Si no se ha leído nada, ¿qué puede esperarse de lo que está haciendo por impulsos y a lo loco? Bueno, mucho trabajo, poca eficacia y resultados que, a medio plazo, van a tener unos resultados nada deseables. A veces es mucho más importante pensar y leer que querer ser el primero en ciertas cosas. Ya, no es tan bueno para el ego ni, para las necesidades imperiosas de uno por encontrar un milagro educativo, pero es más razonable.

De esas ideas que te surgen después de leer una noticia acerca de la introducción del mindfulness en segundo de Bachillerato o, simplemente al ver la defensa a ultranza de las Inteligencias Múltiples por parte de algunos docentes.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

6 Comments
  1. No hay ningún método bueno ni malo.
    Además hay muchos tipos de alumnos con diferentes formas de aprendizaje.
    He trabajado 40 años en la enseñanza secundaria, que debe tener metodología propia. Desde mi primer año traté de aplicar distintas metodologías a lo largo de curso, desde la clase magistral hasta la investigación del alumno individualmente o en grupo. Creo que los profesores estamos para dar herramientas y cuanto más variadas mejor.

    1. No es así. Hay metodologías y supuestas teorías que tienen fuerte evidencia científica en su contra (mindfulness, inteligencias múltiples, etc.). No hay metodología estándard porque, por suerte, los alumnos son heterogéneos. La habilidad de un buen docente es combinar las estrategias que le permitan adaptarse, en cada momento, al grupo de alumnos que tengan delante. Usar por usar algo es un sinsentido porque, en ocasiones, nos olvidamos por qué estamos ahí. Y no es para experimentar cosas que nos gustan; es para que nuestros alumnos aprendan.

      Un saludo y muchas gracias por pasarte por aquí.

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