Los límites de la estupidez

La estupidez no tiene límites. Cada vez más, cuando uno escribe un post en su blog o dice algo en sus redes sociales, uno debe estar más preocupado por no ofender a nadie que por, simplemente, expresar sus ideas acerca de cualquier tema. Y ya no hablemos del humor. Reírse o ser sarcástico siempre tiene, por desgracia, aquel típico paladín de lo políticamente correcto, que te afea tu conducta. Es que ya en este país no se hace humor. Humor del que uno puede pasar si no le gusta el chiste pero, no por ello deja de tener su público.

Fuente: Facebook

Lo anterior sucede últimamente también en el ámbito educativo. No es solo la crítica de algunos medios con titulares sesgados en los que afirman que los docentes nos reímos de los alumnos en Twitter (que, por qué vamos a negarlo, a veces lo hacemos). Es la necesidad de no entrar en enfrentamiento con quienes venden pseudoterapias e, incluso, la necesidad de soportar estoicamente determinados pamplineros que, a las redes sociales me remito, hacen suyo un discurso de falsedades absolutas acerca de metodologías fantásticas o, incluso hablan de la existencia de seres divinos y poderosos, para justificar determinadas de sus afirmaciones. Y que uno no pueda cachondearse del personal que cree en unicornios azules envueltos en mantilla ya es de traca. Lo mismo que preocuparse de un niño de tres años vestido de legionario, otros simulando al Ku Klux Klan o, quizás, un tercer grupo en el que algún tipejo que se autodenomina docente, les hace padecer mindfulness. Ya está bien. Prefiero mil veces el humor malo que el humor inexistente. Prefiero las posibilidades de crítica a todo y a todos que eso que se ha manipulado para llamar etiqueta digital (netetiqueta en versión cool). Y más cuando se aplica a docentes. Parece que por ser docente uno no deba poder decir ciertas cosas. Pues va a ser que no.

Había pensado en empezar a cachondearme de veganos, budistas, gemelos, morenos, tatuados en el ojete o, simplemente, asistentes a un congreso en el que participan alguno de esos gurús educativos tan conocidos. Sería interesante ver la cantidad de defensores de determinados personajes, metodologías o maneras de ser que pueden aparecer en el pack de ofendidos que exigen que no se les cuestione cuando uno osa (sí, he dicho osa) meterse con sus opiniones. Pues va a ser que creo que las opiniones de todo el mundo pueden ser respetables pero eso incluye que las mías también lo sean. Si me apetece decir que algo es una chorrada puedo decirlo. Si me apetece tomarme con humor que uno se pase media vida haciendo rúbricas para evaluar a los alumnos, diga que el iPad es el dispositivo no va más para el aula o, simplemente, que otro me cite como grandes docentes a determinados nombres cuyo único mérito ha sido fugarse cuanto antes del aula, voy a seguir haciéndolo. Hasta los mismísimos de las cortapisas de lo que puede o no puede decirse.

Los límites del humor últimamente se están recortando en exceso. También los de opinión. Eso sí, por lo que algunos estamos observando, parece que los límites de la estupidez tienden a infinito. Pongamos que no estoy solo hablando del ámbito educativo pero, por motivos obvios debidos a mi profesión y por gustarme naufragar en las redes sociales, de esos me estoy dando más cuenta últimamente.

Un detalle… mi opinión, como digo siempre, es tan buena o mala como la de cualquiera. Eso sí, por favor, no seáis políticamente correctos al decir lo que pensáis porque, por suerte aunque parezca que visto lo visto no sea así, estamos en el siglo XXI. Bueno, esa es una pequeña mentirijilla porque, en no pocas ocasiones, parece que nos esté quedando un siglo XIX bastante interesante.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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