Los modelos educativos deben seguir siendo democráticos

No me gustan los resultados electorales que se dan en nuestro país. No me gusta la deriva neoliberal que, estos gobiernos que se han implantado, tanto en Madrid como en la mayoría de Comunidades Autónomas (de muchos colores), están tomando a la hora de decidir qué hacer con nuestro sistema educativo. No, no me parece nada sensato detraer recursos de la escuela pública para seguir financiando colegios de ideario religioso o, simples organizaciones educativas (sí, incluyendo las cooperativas) que se montan al margen de un sistema de provisión de personal gestionado por las administraciones y que, dentro de sus decisiones, toman la de usar determinadas cuotas voluntarias a fundaciones para conseguir impedir que determinadas familias accedan a los mismos. No, no me parece ni justo ni ético pero, lamentablemente, no hay ninguna ley que lo prohíba.

Fuente: ShutterStock
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Si estamos en un país democrático, las decisiones se toman en las urnas. Si sale una mayoría de diputados de, supongamos, el cheque escolar o la eliminación de los funcionarios, ¿hasta qué punto una minoría puede defender sus posicionamientos? Si cada vez son/somos menos los que defendemos la existencia de una política educativa destinada a subvencionar exclusivamente centros públicos, oponiéndonos a la entrada de empresas y organizaciones de marcado caracter empresarial y, cómo no, la necesidad de mantener la Educación al margen de cualquier criterio economicista o eliminar la religión de los centros educativos por considerar que deberíamos no adoctrinar a nuestros alumnos, ¿qué valor tiene nuestra opinión? La democracia es imperfecta y, seguro que para aquellos que no nos permiten tener un gobierno que vaya acorde con nuestros ideales será un modelo nefasto. Vale, compro que para mí, al menos a nivel educativo, la democracia no arroja las posibilidades de ver esas realidades que me gustaría que sucedieran en mi ámbito profesional pero, ¿tengo razón o, simplemente tengo tan arraigadas las ideas o creencias que no soy capaz de ver las maravillas de la realidad que piden esa mayoría de mis conciudadanos? A veces, debo reconocerlo, dudo.

No, no me gustan los modelos totalitarios. Tampoco que las decisiones se tomen basadas en el interés exclusivo de la mayoría. Eso sí, reconozco que, a pesar de poder criticar la deriva educativa de nuestro país, hay una gran parte de la sociedad a la que le gusta lo que se está haciendo. Reconozcamos abiertamente que la LOMCE la defienden muchos millones de padres y que determinadas prácticas educativas, para mi gusto nefastas para el futuro de nuestros alumnos e, incluso, totalmente aberrantes para el mismo, se están defendiendo masivamente por gran cantidad de personas. Muchos más de los que defienden otro tipo de posturas. Y, ¿realmente alguien se piensa que los padres que defienden esas posturas no quieren lo mejor para sus hijos? Va, que eso no se lo cree nadie. No, no me vale.

Me jode pero sigo creyendo que los modelos educativos deben seguir siendo democráticos. Reconozco, eso sí, que un modelo democráticamente aplicado puede dar lugar a que, por imposición más o menos descarada, los futuros votantes se vean abocados a una línea continuista porque el modelo que les ha formado tiene un cáriz muy marcado ideológicamente. Pero es lo que se quiere. Es lo que hay. El mejor modelo dentro de los nefastos modelos de decisión tiene cosas buenas y malas. Lo bueno es que todo el mundo puede decidir libremente sobre algo. Lo malo es que, esa libertad, en ocasiones choca con la necesidad ideológica del de al lado o, incluso -permitidme ser un poco demagógico- el sentido común.

Si democráticamente Trump gana finalmente (a estas horas hay muchas posibilidades que así sea), por favor pensemos en que atacar a sus votantes no es de recibo. Y no, no todos son idiotas o listos por votar a uno u otro candidato en unas elecciones.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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