Los superprofes del papel cuché

Algunos ya tenemos claro que las festividades navideñas se han convertido poco menos que en un alegato consumista, con cada vez menos villancicos, por suerte menos asistentes a ventas de unicornios y, todo ello aderezado con ingestas de comida pantagruélicas. No es malo estar de vacaciones. Ojalá pudiéramos estar toda la vida de vacaciones porque, al final, las vacaciones son tiempo. Tiempo para estar con la familia, tiempo para hobbies e, incluso, tiempo para hacer todo aquello que habías retrasado hasta tener algún hueco para hacerlo. Pero no iba a hablaros sobre ello…

Hoy quería hablaros de los superprofes del papel cuché. Aquellos que, normalmente, aparecen en las páginas de economía de los medios como adalides del cambio educativo. Mercadotecnia que no para ni en festividades de guardar. Esto de que, después de una de esas comilonas en las que la digestión es entre mala y muy mala, te pasen un artículo ilustrado por una imagen de un docente enfundado en un disfraz de Spiderman para venderte que «el sistema educativo tradicional es lacónico», ya te hace imposible digerir ese turrón tan habitual en muchas mesas. Se ha de ser muy memo para creerse todo lo que nos venden los medios y, más aún para pretender que organizaciones bancarias, tecnológicas o, simplemente, experimentos muy viralizados que se hacen en las aulas, van a mejorar la educación.

Fuente: ShutterStock

La tecnología no es la solución milagrosa. Hacer de payaso, mago o, simplemente, presentarte a todos los premios que surjan, solo o con tus alumnos, que patrocinan industrias armamentísticas, sex shops o, simplemente, una multinacional de esas que cortan la luz a miles de ciudadanos cada día, no tiene mucha extrapolación a la realidad del aula. Bueno, sí la tiene siempre y cuando como hacen algunos, te sirvan para largarte del aula para vender libros, dar charlas o, rizando el rizo, plantarte en la Universidad para explicar algo tan poco científico como neuroeducación desde una formación inicial en Magisterio. Ya, yo tampoco con mi titulación de Ingeniería, me atrevería a hablar de neurociencia aplicada a la educación. Creo que tampoco mis compañeros psicólogos o, la mayoría de neurocirujanos que hay en nuestro país. Da igual, siempre hay quien, después de leer un par de búsquedas de Google y un par de artículos de algún blog, se enfunda en la experticia que le da dicha búsqueda o lectura.

Lo importante son los premios. Lo importante son los egos que se adquieren cada actividad que se difunde en SIMO o, en cualquier otro macroprostíbulo educativo de esos que, por desgracia, tanto pululan en nuestros días. No hay día sin nuevo premio al mejor docente, al que sabe más de magia, al que le salen pedorretas con una mayor tonalidad. El espectáculo es una deriva que me preocupa. Más aún cuando algunos se atreven, sin ningún sonrojo, a decir que se mejoran los resultados con su método infalible. A ver si nos enteramos… el que evalúa es el docente y, por ejemplo, si yo me invento un modelo de clase en el que mis alumnos deben venir con camiseta amarilla, poniendo en la programación que lo anterior valdrá un porcentaje de la nota además de diseñar unos exámenes que validen mi modelo… voilà, ya he mejorado los resultados de mis alumnos. Qué fácil es manipular los resultados para que den lo que yo quiero y que demuestren lo que a mí me interesa.

Cada día que pasa hay menos cosas que me sorprendan como docente pero, al final, siempre hay algo que sigue superando mis capacidades de comprensión. Lo sé, ahora estamos en esas fiestas de amor pero, por favor, ¿me dejáis seguir cuestionando aquello que me chirría en exceso? Que, por lo visto, vamos a tener un año 2018 movidito en el ámbito educativo. Toca esperar qué nueva moda salta a la palestra, qué personajes se nos mediatizan y sí, por fin, se publica la primera investigación seria patrocinada por una marca de calzoncillos que diga que si los docentes usan los de esa marca, se convierten en superhéroes innovadores. Eso sí, siempre que se lleven por fuera con la marca bien a la vista no sea que la marca pierda el dinero que ha gastado en premios al docente más innovador o publicidad.

A por el primer café del día… ¡Felices Fiestas!

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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