Magisterio al paredón

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Fotografia del documental «La Escuela fusilada»

Lo que dan de sí algunas cervezas, charlas con excelentes profesionales y entornos más que agradables. Muchas ideas con ganas de verterse en unas líneas para exponer diferentes argumentaciones, muchas veces con hilo conductor difuso, relacionadas con el mundo educativo. Este es el caso que nos ocupa. Una charla que empezó hablando de los déficits de formación de los futuros maestros en sus estudios de grado y, la necesidad inmediata de proceder a una reformulación de su temario. Una reformulación que, a mi entender, debería conducir hacia la extinción de todas las Facultades de Magisterio de nuestro país.

No empecemos con esa tendencia personal a maximizar en las primeras líneas de mis artículos. Desglosar las razones que llevan a tamaña incontinencia verbal es algo que conviene analizar antes de proceder, siempre en libertad de conciencia de uno, a criticar una posibilidad planteada en estas líneas en formato digital.

¿Es realmente necesaria la titulación en Magisterio para ser maestro? ¿Existen unos planes de estudio adaptados a los requisitos que supone uno de los trabajos más exigentes (a todos los niveles) y con mayores repercusiones en la sociedad? ¿Hay espacio para tanto maestro que, después de titular, se ve obligado a comerse los mocos trabajando de cajero en un supermercado? ¿Quién decide y cómo la profesionalidad que va a tener ese titulado universitario? ¿Es mejor maestro el actual, con planes de estudio reglados y de cada vez mayor duración (ahora los grados duran cuatro años) que los maestros de la República que, tan sólo disponían de estudios medios y herramientas limitadas? ¿Qué competencia adquieren durante los cuatro años de formación que les pueda ser de utilidad cuando se encuentren delante de más de veinte niños entre cuatro paredes? ¿Qué competencia TIC adquieren en unos planes de estudio cuya capacitación en nuevas tecnologías no llega, con suerte y previendo que el alumno escoja libremente alguna de las asignaturas optativas relacionadas con el siglo XXI, al uno por ciento del temario?

No es mejor maestro el de antes que el de ahora. No es mejor maestro el de ahora que el de antes. El buen maestro nace por azar y se cuece en el aula. Un aula que, por cierto, más allá de una estancia en un colegio para hacer unas prácticas para cubrir el expediente (y no lo digo yo… lo dicen los implicados en los dos extremos de la balanza: estudiante y mentor), desconocerán hasta el momento en que entren mediante una bolsa de interinos, una contratación a dedo (centros concertados y privados) o unas oposiciones para filtrar con un filtro más que cuestionable.

Hablar de cambios educativos y no cambiar la formación inicial del futuro maestro es estar abocados al fracaso. Mantener prácticas que no funcionan, que se repiten hasta la saciedad y que, una vez ejecutadas, liberan de responsabilidad al que las perpetra es algo punible. Punible por las consecuencias; punible por el despropósito.

¿Por qué no plantear un modelo de selección de futuros maestros sin formación en competencias que ya deberían tener asumidas al acabar bachillerato? ¿Por qué no plantear un modelo de forja de maestros dentro de las aulas? ¿Por qué no seleccionar a «los mejores» para que entren en el sistema? ¿Por qué no dejar que los futuros maestros experimenten diferentes modelos educativos? ¿Por qué no impedir que pierdan el tiempo cuatro años escuchando cómo deben de hacer las cosas en una Escuela por parte de muchos profesores de Universidad que siguen pensando que el aula no ha evolucionado en las últimas décadas? ¿Por qué no aprender de los mejores? ¿Por qué no aprender del maestro como aprendices?

No hagamos memorizar pedagogías a ritmo de listas de reyes godos infumables. No enseñemos a hacer desde unas hojas, portátil o tableta. No montemos un entramado de infraestructuras y burocracia alrededor de una tarea tan sensible. Creemos maestros desde la praxis. Hagamos acompañamiento. Reformulemos el sistema. Fusilemos Magisterio.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

9 Comments
  1. No creo que haya que suprimir la carrera de magisterio para hacer lo que dices, sino adaptarla: selección inicial, muchas prácticas, formación en asignaturas, en metodología (incluyendo TIC) y trato con alumnos y familias… Gran parte del fracaso escolar surge del bajo nivel de primaria, sin duda

    1. Lo que planteas es muy coherente pero hay varios hándicaps importantísimos en ello. En primer lugar y uno de los grandes problemas es quién gobierna dichas facultades (¿rectores con ganas de cambiar de modelo?), en segundo lugar la consideración social de la carrera de Magisterio (¿te suena la frase, falsa pero vendida mediáticamente, de quien vale vale y quien no a magisterio?) y, finalmente, la necesaria gestión de una docencia más cercana posible al aula (¿realmente es factible explicar cómo es un aula de infantil o primaria sin haberla pisado nunca?). Quizás sea más fácil plantear un modelo que rompa con el actual mediante la propuesta vertida en el artículo. Algo que, quizás, pueda ayudar de una vez a que se produzca ese cambio tan necesario y perentorio. Algo que valide lo bueno que se está haciendo (que es mucho y por muchos) y permita que los futuros maestros aprendan de la realidad con los que, día tras día, se dejan la piel en sus aulas.

  2. ¿Por qué no se prepara mejor a nuestros maestros? Como toda pregunta, esta que acabamos de plantear ya contiene la mitad de la respuesta: la palabra “mejor”, que es un juicio de valor. ¿Mejor para qué o para quién? Si se considera que la función de la escuela consiste básicamente en instruir, en proporcionar las instrucciones necesarias para hacer algo de una determinada manera, la preparación consistirá en formar instructores o monitores; si, en lugar de impartir conocimientos, lo que se persigue es mostrar al alumno la forma de adquirirlos por sí mismo, ayudándole y alentándole en el proceso, la forma de actuar y, posiblemente, los preparadores, serán otros.

    Y también los planes de estudio. Porque, en esta hipotética escuela de maestros, no se concebiría iniciar la profesión docente sin haber adquirido algo más que rudimientos sobre Educación de los Sentidos, Movimiento y Pensamiento, Teoría del Desconocimiento y otras materias similares. Una escuela en la que, además de profundizar en la Lengua, las Matemáticas o cualquier otro de los saberes convencionales, se reflexionara acerca de cómo distorsionamos la realidad cuando la percibimos, de cómo ciertas posturas facilitan ciertas actitudes y pensamientos, de cómo se construyen las teorías y cómo dejan de ser válidas a lo largo de la Historia y de cómo en nuestro pensar hay mucho de Biología pero no lo es todo.

    Se formarían así otro tipo de docentes, más críticos, más atentos y menos aferrados a sus certezas; docentes con más capacidad de ver y de escuchar lo que les rodea, de ser más conscientes de cada situación y obrar en consecuencia, sabiendo que se van a equivocar pero no dejando por ello de intentarlo.

    http://www.otraspoliticas.com/educacion/el-valor-anadido

    1. No se trata de establecer juicios de valor. Se trata de cambiar algo que no funciona del todo bien. Un sistema de formación inicial de los futuros maestros que abandone la teoría tan insulsa e inculque el «saber hacer». Uno aprende a andar andando. A ir en bicicleta, yendo en bicicleta. ¿Por qué no permitir que el maestro aprenda haciendo de maestro? Las capacidades competenciales (a nivel lingüístico, matemático, etc.) ya deberían estar asumidas e integradas al aprobado de segundo de bachillerato, su capacidad de autoformación también, su espíritu crítico en plena ebullición. Entonces, ¿por qué retrasar cuatro años su incorporación al aula? ¿Por qué hablar desde el papel de algo que no sirve de nada si no se experimenta? ¿Por qué mantener edificios, tarimas y burocracia en algo que debería ser más natural? Un buen maestro no se hace calentando sillas desde el banquillo. Un buen maestro se hace en el campo de juego entrenado por los mejores.

  3. «¿Por qué no aprender del maestro como aprendices?»: Como maestra actualmente en mi formación inicial, tras 3 cursos en el Grado, estoy totalmente de acuerdo en este planteamiento. ¿Cuánto no mejoraría nuestra formación inicial aprendiendo de aquellos que lo hacen bien en las aulas? Reconozco que algunos conocimientos teóricos sobre organización escolar, psicología o pedagogía sobre los que sustentar este aprendizaje práctico que propones son interesantes, pero es necesario aprender de aquellos profesionales que trabajan día a día con los alumnos.

    Perpetuar un sistema de clases magistrales como las universitarias en su mayoría en las Facultades de Educación por docentes que nunca han pisado un aula de un colegio creo que aporta muy poco a nuestra formación inicial. ¿Por qué no están los mejores maestros en la Universidad formando a los maestros del futuro? Durante años (incluso hoy día) se ha primado la investigación y publicación, así como la «titulitis», por encima de la excelencia y las buenas prácticas docentes para acceder como profesores que formen a los futuros maestros, y éste es el resultado: tras 4 años, millones de contenidos teóricos que nunca se pondrán en práctica y una desconexión total de la realidad de las aulas.

    Un sistema como el inglés que permita estar a los que deseemos ser «profes» como «teacher assistant» e ir aprendiendo en la práctica diaria podría mejorar bastante esta formación inicial que, siendo tan larga y con tantos contenidos, parece tan alejada del mundo real (y eso sin contar con lo las oportunidades que ofrecería en los centros al disponer de dos personas en el aula para mejorar la atención educativa).

    1. Agradezco tu comentario. Aún más cuando el mismo viene de alguien que está viviendo (o sufriendo) en sus carnes la experiencia de una Facultad de Magisterio. Una Facultad que, como bien comentas y salvo honrosas excepciones, viene a perpetuar los modelos decimonónicos de clase magistral y que, como mucho, enseña a obtener un título que, más allá de la alegría de ese papel, no capacita para enfrentarse a un aula repleta de niñas y niños. Titulitis que desvirtúa cualquier buen hacer. No olvidemos que estamos en el país de los títulos. De los títulos y no del saber hacer. Un saber hacer que, para algunos, es más importante que un papel que certifica lo bien que se hacen los exámenes.

      Eso sí, una vez expuesto lo anterior, no creo que el mejor maestro deba hallarse en la Universidad. El mejor maestro ha de estar en el aula. Un aula que conoce, un aula que le satisface, un aula que gestiona de forma excelente. Que pueda salir un tiempo de ella no es malo, que se aisle en un púlpito para hablar de metodologías que nunca ha probado ni probará de nuevo…cuestionable. El maestro acompaña, el maestro enseña, el maestro ríe, el maestro llora, el maestro se cabrea, el maestro sufre, el maestro se congratula por sus alumnos. El maestro se debe a su entorno. Un entorno que tiene poco a ver con tarimas, púlpitos o clases magistrales.

      Un saludo.

  4. El tema de la práctica no solo debería ser en magisterio sino en todo. ¿Por qué todos los de FP tienen prácticas y los de universidad casi ninguno?

    También está lo que comentábais de que magisterio es una coña de carrera. Es lo que sucede con las de humanidades y ciencias sociales. Sobre todo desde las ciencias y las ingenierías se dice mucho esto, lo cuál es un reflejo de la sociedad española. Según este país, solo los ingenieros encuentran trabajo, si no no tienes salida y al paro. Magisterio, psicología, serán más fáciles que ingeniería, pero ponte a trabajar de eso a ver lo fácil que es.

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