Me preocupa el tema de la formación del profesorado

Llevo desde que empecé en esto (y ya voy por los veinte años de aula) viendo, por desgracia, una deriva cada vez más surrealista de la formación que se ofrece al profesorado para la mejora (sic.) de su praxis educativa. Formación para que se empapen en metodologías pseudocientíficas o, yendo aún más lejos, chuminadas campestres de diferentes colores, olores y sabores. Si algo huele muy mal, se parece a la mierda y sale del ojete, posiblemente se trate de mierda. Y esto es en lo que se ha convertido la formación del profesorado. Una formación que, salvo dignísimas y honrosas excepciones, se ha convertido en un auténtico despropósito. Seguro que a más de uno le mola pegar post-its, bailar o cerrar los ojos mientras alguien va obligándonos a respirar bajo cadencias dignas de otro tipo de contextos pero, por desgracia, la utilidad de lo anterior en las aulas es entre nula y ninguna.

Fuente: ShutterStock

Este curso he vuelto a intentar formarme de forma más o menos reglada con los cursos que ofrece mi administración. Curiosamente, ninguno de ellos los imparte directamente. Unos nos los ofreció la Diputación mediante un convenio con una empresa para trabajar el tema de drones y la robótica. Otro, dentro del modelo formativo en impresión 3D, Arduino y realidad aumentada, de manera sorprendente, mediante la cesión de nuestros datos personales a Telefónica por parte de la administración educativa. Lo sé, ahora es Movistar pero no me acostumbro. Cursos que superan la mediocridad a la que estaba acostumbrado. Recuerdo para aquellos navegantes que, en muchas ocasiones he hablado de la cantidad de cursos sobre cata de vinos, inteligencias seniles o de cómo emocionar a un pingüino en el Sáhara que se están ofreciendo a los docentes. Ya llevo muchos abandonados al ver el percal. Sí, a mí también me gusta darles una oportunidad pero va a ser que mi tiempo cada vez es más valioso. Eso de tener que acabar un libro por el simple hecho de empezarlo ya es algo de lo que paso. Incluso me largo del cine si la película es un truño. Pues va a ser que hago lo mismo con la formación. Por cierto, antes de largarme envío un maravilloso mail al tutor (si es online) o, simplemente, hablo de tomadura de pelo delante de los docentes supuestamente entregados a determinadas prácticas muy extrañas. Incluso, yendo aún más lejos, he abandonado un curso de formación de los que impartía al ver que se estaba convirtiendo en algo que no había por dónde cogerse. Soy más tolerante con los demás que conmigo. Más todavía en temas profesionales.

Ayer sin ir más lejos me entero que una asesora está montando un curso de formación. No es un caso aislado aunque, éticamente pueda parecer reprobable que los mismos que gestionan la formación docente cobren por montar o dar cursos. Ya sabemos que la ética profesional en ocasiones es muy subjetiva. Además, unos miles de euros más al año sin esfuerzo añadido (en ocasiones montan los cursos en su horario de asesores, en detrimento de su función), no son moco de pavo para un salario cada vez más depauperado como el docente. Va bien para hacerte algunos pequeños homenajes. Además, ¿quién va a ser mejor para hablar de un determinado tema? ¿Un asesor o un profesional del campo? Está claro, ¿no? Dadme a veinte Estébanes y no me deis a ningún psicólogo para hablar de trastornos de conducta.

Creo que, por desgracia, lo de la formación del profesorado es un auténtico despropósito. Ahora tenemos a todo el personal loquito por acudir a cursos de flipped classroom, ABP y gamificación. El problema, por desgracia, es que eso de considerar al que nos imparte el curso como experto en el tema por el simple hecho que tenga amiguetes que le coloquen para dar el curso, se venda muy bien en las redes sociales o, simplemente, sea de los primeros en haber experimentado con sus alumnos una determinada metodología, dice muy poco de los que le otorgan esa consideración.

La formación docente es cara. Si queremos hacer una formación como la actual, basada cada vez más en cursos MOOC donde tropocientos mil se apuntan y ni el tato lo termina, conseguir una puñetera insignia digital para colgarlo en nuestro pasaporte frutero o, simplemente, conseguir las horas necesarias para certificar sexenios o para oposiciones, mejor que lo denominemos de otra manera. Formación es lo que damos en el aula a nuestros alumnos. El problema es que lo que damos a nuestros alumnos es caro y, por eso, mejor ahorrar en la formación de los que enseñan a los que están en el aula. Y si alguno se puede llevar algunos eurillos…

Reconozco que antes de escribir el artículo debería haber hecho una sesión de VEC (vinculación emocional consciente) pero no me ha dado tiempo. Quizás entonces y, haciendo veinte inspiraciones acompañadas de sus correspondientes exhalaciones, me hubiera salido un artículo mucho menos (…). Además, seguro que recibiría muchísimos más likes cuando lo suba a Facebook o favs cuando lo publique en Twitter. Qué le vamos a hacer. Es lo que tiene no saber escribir, ni tener pajolera idea de la formación que necesito como docente.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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