Mercenarios en la educación pública

En muchas ocasiones se me cuestiona mi idea de pureza ideológica cuando hablo acerca de la educación pública y, especialmente, de los profesionales que trabajan ahí. Creo que, más allá del concepto de pureza, uno debería hablar de hacer bien su trabajo, creer en lo que hace e, incluso, plantearse el modelo laboral asociado al servicio público que se representa. Y no, no discuto en ningún momento que uno pueda combinar esa profesión como servidor público con trabajos puntuales en la empresa privada para sacarse un sobresueldo e, incluso, pueda llegar a abandonar el aula para, desde otros lugares con dinero público, seguir relacionado con la educación de forma indirecta (sea, o bien, asesorando o gestionando determinadas cosas relacionadas con los centros educativos, sus docentes o los productos/servicios que se realizan o adquieren por parte de la administración educativa). No, no me parece mal pero…

Fuente: Fotolia CC

Me gusta, como ya sabéis los que me leéis, poner peros. Más aún en algo tan complejo como es la educación pública y los trabajadores públicos porque, no me preocupa que alguien pueda ser mercenario… lo que sí que me preocupa es que dicho mercenario, que cobra del erario público, haga lo posible y se manifieste siempre a favor de cargarse la educación pública. No sé si es ser muy de gilipollas morder la mano que te da de comer o se trata, simplemente, de un quintacolumnista que, por motivos de rédito económico o ideología falta de sentido común, se dedica a torpedear continuamente todo lo que implica su profesión. Uno puede pensar ideológicamente lo que le dé la gana pero, sinceramente, estar trabajando como funcionario, interino o sustituto en un centro educativo público y manifestarse, de forma continua, a favor de la eliminación de ese servicio que se está ofreciendo, cuestionar la necesidad de su propia existencia e, incluso, actuar a sabiendas que lo que hace es ir contra la línea de flotación del sistema demuestra total perversión. No, no es ser purista. Es estar en contra de estos personajes cuyo único objetivo desde dentro y cobrando del erario público es cargarse todo lo público porque qué bonito es poner la mano y empezar a despotricar contra quien te la llena. Si tan mal están trabajando en algo en lo que no creen siempre les queda la posibilidad de largarse a ese sector privado tan maravilloso que defienden, un día sí y al otro también. Curioso que nadie de esos lo haga. Es más fácil ver a docentes de la pública, que optan por irse del aula para convertirse en fantásticos novelistas, crear una empresa relacionada o no con el sector educativo o, simplemente, cambiar radicalmente de profesión por necesidad vital, que jamás critican y más bien defienden la educación pública, que a esos mercenarios sin escrúpulos que hagan lo anterior. Quizás es que su odio a lo público en lo que trabajan también encubre sus limitaciones para no poder irse de ahí. Quizás es que es muy bonito hablar y no dar ejemplo. Quizás es que, al final, no es que sólo sean mercenarios… es que son malas personas y un poco hijos de puta.

Soy de esos que, a finales de agosto, estoy jugando a la lotería por encima de mis posibilidades para no incorporarme el día uno de septiembre a mi centro educativo. No es que no me guste mi trabajo pero, sinceramente, debo reconocer que estoy mucho mejor de vacaciones. Y si pudiera permitirme seguir de vacaciones todo el año, dedicarme a mis hobbies (que tengo, muchos y algunos muy caros) o pasar más tiempo con mi familia lo agradecería. Para mí la docencia es un trabajo. Un trabajo que me gusta y en el que, dentro de mis posibilidades, intento hacerlo lo mejor posible. Otra cuestión sería dedicarme de forma continuada a criticar lo público o la faceta de servidor público que tienen los profesionales de la docencia. Algo que no va conmigo porque, a diferencia de algunos que sí que lo hacen y después no se quejan al ver a finales de mes que el Estado les ha ingresado la nómina, yo sí que creo en la educación pública. No sólo por creer que es el mejor tipo de educación posible. Va mucho más allá de eso. Es tener un poco de sentido común y saber que, al final, los únicos que van a estar ahí cuando haya problemas son esos funcionarios que algunos desprecian desde su condición de funcionarios. Uno se puede identificar con las políticas que uno quiera pero lo único que deberían pensar es… ¿hasta qué punto soy un auténtico hipócrita o falto de habilidades para criticar un servicio público en su concepción cuando estoy viviendo de ello? Algo que, en ningún momento, tiene que ver con la necesidad de cuestionar la gestión del mismo. Ni mucho menos.

Los integristas de lo privado son, curiosamente, quienes más se benefician del dinero público porque siempre es muy bonito ir de adalid de algo cuando uno sabe que tiene las espaldas bien cubiertas. Más aún cuando esos integristas saben muy bien que, lamentablemente, sus capacidades, habilidades o contactos, no les dan para poder moverse en un sector privado en el que, por desgracia, se explota al trabajador en demasiadas ocasiones, se entra a trabajar por recomendaciones o, simplemente, deja tirado en la cuneta a quienes no dicen lo que los amos quieren oír. Por mí tienen la puerta abierta porque, si son tan valientes para criticar la existencia de la educación pública, apuestan tan claramente por la privatización de la misma o por la entrada en empresas en el ámbito educativo, por qué no se largan a probar suerte en ese contexto que tanto defienden. La puerta siempre está abierta para ellos. Seamos claros… la puerta para entrar o salir de lo público jamás está cerrada para nadie.

Dedicado a todos aquellos que sí creen en lo público y que, saben que el hecho de tener buenos servicios públicos, hace que la vida de las personas mejore.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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