Miedo

Las personas tenemos miedo. En mi caso, entre miedos racionales e irracionales, llevo la mochila bastante cargada. Muchas zonas de confort que se han ido destruyendo de forma no planificada y, al final, demasiados frentes abiertos de los que, por desgracia cierras uno y se te abren dos más. Es lo que tiene el destino como dirían algunos. Otros, sinceramente, ya hablamos directamente de mala suerte. O, mejor aún, a alguien le tienen que pasar ciertas cosas.

Fuente: Fotolia CC

Llevo pensando estos últimos días en el primer día que entre el aula como alumno en Bachillerato. No conocía a nadie. Estudiaba en un lugar en el que no vivía a media hora de mi casa. Un instituto público, masificado y, siempre duro para alguien como yo. La manera de actuar frente a los demás se forma y conforma. Uno aprende. Uno evoluciona. Algunos a mejor, otros a peor y, finalmente, la mayoría lo que hacemos es intentar esconder nuestros múltiples defectos para presentar la mejor fachada posible. Al igual que la mayoría. Algo que genera miedo por si alguna vez te llegan a descubrir porque, por mucho que hayas analizado todos los matices, al final sale lo que uno realmente es. O quizás cambia porque la gente, por mucho que no se lo crean algunos, cambia. Cambiamos. Al menos es lo que me gustaría creer.

No sé por qué he pensado en lo anterior. Lo más grave es que se mezcla también con mis recuerdos del primer año que empecé a dar clase. En este caso a hora y media de casa. En un lugar lejano, sin conocer a nadie y muy joven. No os podéis imaginar el miedo que sentí al llegar y que me pusieran, a los cinco minutos del desembarco, delante de un grupo de alumnos de primero de Bachillerato a dar algo que no sabía. El miedo no se me ha ido en los veinte años siguientes pero, por suerte, puedo lidiar mejor con él aunque, os debo confesar, que cada vez que tengo un nuevo grupo y pruebo algo nuevo con ellos, ese miedo reaparece con mucha fuerza y me aprisiona.

También llevo pensando en lo que me está pasando relacionado con mi profesión. Ya, lo del miedo escénico de abandonar el aula e irme a un ente tan complejo como mi Conselleria, creo que lo he comentado en más de una ocasión en los últimos tiempos. Pero no me refiero a eso. Me refiero a la cantidad de personas que he conocido, la cantidad de propuestas que he rechazado por miedo y, en definitiva, a la falta de empatía en algunas ocasiones frente a determinados personajes. Actúo demasiado por instinto. No sé si es bueno o malo pero, a estas alturas, uno ya no cambia ni atempera su manera de suceder.

Lo anterior, al final, una cuestión de ámbito profesional que jamás va más allá de eso. Debates, discusiones más o menos estériles, algunas risas y mucho, muchísimo pequeño comité. Siempre con miedo por mi timidez innata. Siempre preocupado por mis múltiples limitaciones. Siempre, al igual que sucedió en el momento en que me obligaron a publicar ciertas cosas, sin creerme que servía para hacerlo. Aún sigo pensando que hay cosas para las que no sirvo y demasiadas para las que, por mucho que me diga la gente que me quiere, sigo sin darle ningún valor. Lo de valorarse uno mismo es algo que me cuesta. A pesar de lo que algunos se crean al ver lo que tuiteo o digo en el blog. Hay gente fantástica en educación que me da mil vueltas. Yo, simplemente, debería sentarme en segunda fila a escuchar. La primera la dejo para todos aquellos que llevan el aprendizaje más integrado en su ADN.

Ahora estoy en un momento en el que estoy acojonado por motivos que algunos saben. Estoy haciendo memoria de muchas cosas y de las que me quedan pendientes. Tengo ganas ya de volver a lidiar con otros miedos más irracionales porque, al final, siempre la razón puede llevarme a superarlos. Así pues, como veis, también tengo miedo. Tocará poner en una caja temas pendientes para el próximo gran miedo porque, espero que lo haya.

Seguimos…

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