Mis nuevas reglas de juego para Twitter

Uno aprende de muchas cosas con la experiencia que va adquiriendo a lo largo de los años. Quizás también, al final, se pierde con dicha experiencia parte de naturalidad o, simplemente, algo de esa candidez tan fantástica de tener en ocasiones. Supongo que es una cuestión más personal y de las situaciones en las que uno se va encontrando a lo largo de su devenir vital. Lo mismo sucede en la interacción que algunos presentamos en las redes sociales. Es bueno reinventarse siempre que el confort adquirido en la nueva situación sea muy superior al que uno tenía. Nada de saltar a ciegas. Nada de dejarte imbuir por experiencias o vivencias de terceros porque, al final, el que se enfrenta con las cosas es uno y no un tercero.

Fuente: ShutterStock

Toda la parrafada anterior para deciros que me he creado unas nuevas reglas de juego para una que, aunque cada vez se convierta en algo más inhóspito, sigue siendo un bonito lugar para pasar el rato. Sí, me estoy refiriendo a la que actualmente y, a pesar de mis características genéticas que harían muy disfrutable mi interacción con Instagram, es la que considero mi RED por excelencia: Twitter. Ya veis que estoy entrando en algo personal porque, sinceramente, ni tengo ganas de vender las bondades de nada ni, muchísimo menos dar consejos a nadie acerca de dónde debe o no registrarse. Menos aún decidir a quién conviene vender los datos personales.

No tengo claro el momento en que volveré a tuitear asiduamente pero, al menos, sí que me voy a marcar a fuego unas determinadas reglas de juego cuando lo haga porque, sinceramente, no quiero ni por un momento perderme el disfrute que, en su momento, me llegó a aportar. Y para ello voy a comentaros, por si os interesa, lo que haré en el momento de ese «retorno».

En primer lugar no voy a entrar en debates estériles. Nada, un debate en el que hay más de tres tuits de intercambio, no es debate. Es, simplemente, exposición de motivos personales/profesionales y, por ello, salvo que no tenga nada mejor que hacer (esté esperando en la puerta del Conservatorio, a la salida del cole o, en la puerta del médico a que me toque el turno, me voy a despedir muy cariñosamente de la parte contraria del debate. Si alguno quiere más, para eso están los bares. Y las horchaterías. Por cierto, intentar que alguien se baje del burro (o lo haga yo mismo) cuando hay cosas que están incrustadas en nuestra ideología o manera de ver las cosas es un poco absurdo. Además, seamos sinceros, algunos no quieren debatir. Quieren tener razón a toda costa y, además, que se la des.

Voy a aplicar con fruición el botón de silenciar. El de bloquear es mucho más triste porque, al que tiene ganas de joderte le das una alegría. Por eso mejor silenciar a aquellos que, por determinados motivos, buscan su vida o amiguetes en Twitter. Twitter no es Tinder y por ello no vale la pena jugar con el match del personal. Silenciados y a otra cosa mariposa. Además, así como mínimo higienizas tu experiencia en las redes sociales. Además, con la cantidad de «amigos» que me he generado estos años de decir socarronerías, mejor alejarlos de mi timeline. Sí, si veis que no os respondo es que os tengo silenciados. Así que no insistáis.

Otro tema muy relacionado con mi interacción en las redes es que jamás voy a entrar en debates en los que se hallen mencionadas tropocientas personas. Al final se pierde el hilo y, por eso, mucho mejor silenciar la conversación. Y eso a pesar de tener mucha amistad virtual con muchos de esos que proponen este tipo de debates pero, como bien sabréis los que habéis participado en estas cosas, al final se convierte en un despiporre. Si tiene hashtag me lo pensaré pero, al final, eso de las menciones masivas me cansa y, siempre según mi opinión, despersonalizan cualquier tipo de conversación.

No voy a intentar caer bien a nadie. No es mi estilo y, además creo que no aporta nada. El ser políticamente correcto es algo que se ha desvirtuado de tal manera que, al final, en lo único que se convierte es en un «te voy a criticar por detrás pero por delante vamos a ser superamigos». No, siempre me he comportado igual en las redes sociales (con un poco más de acritud y cinismo) que en la vida personal. Además, con los que no me he comportado igual es porque en la vida real jamás hubiera interaccionado con ellos. Así que me la trae al pairo ser más o menos cínico o maleducado con ellos.

Voy a reducir muchísimo la interacción en formato mensajes directos en las redes sociales. Y jamás de los jamases voy a mantener conversaciones privadas con determinados personajes que pululan por Twitter o que, sé de buena tinta, que son personas de las que no puedes fiarte en absoluto. No voy a intentar, como hasta ahora, intentar aportar un determinado punto de vista de forma más personal porque, al final, hay algunas hienas a las que no conviene acercarte. Bueno, les denominaría hijos de puta pero, sinceramente, su madre no ha tenido ninguna culpa de que les haya salido así el retoño.

Voy a intentar seguir respondiendo a todo el mundo que se dirija a mí y a disfrutar, quitando a todos esos que no me acaban aportando nada, de una ecuación que, no por tener más incógnitas, hace que sea más divertida de resolver.

Al final, cuando vuelva, voy a establecer las anteriores reglas de juego. Y nunca, al igual que mi aprendizaje o experiencia, van a estar marcadas a fuego porque siempre, por cuestiones varias, puedes necesitar modificarlas.

Y no, no he vuelto a Twitter (salvo para promocionar mi nuevo libro) porque, sinceramente, aún no estoy preparado para hacerlo. Eso sí, me encanta escribir y más hacerlo en esta bitácora personal.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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