Mola ser una persona tóxica

Hay algo que me gusta más que el bollycao entre horas y es el ser una persona tóxica. Me encanta ser considerado como tal por todos aquellos que, al final, convierten su metodología educativa en religión o se venden a alguno de esos emporios de la GAFA. No puedo menos que sentirme reconciliado con el mundo cuando veo que siempre acaban llevando sus ataques al terreno más personal. Y, sinceramente, me lo paso bien. Muy bien. Me mola cantidubi. Lo digo para que algunos me entiendan. Es que, qué hay mejor que ser considerado tóxico por ciertas religiones monoteístas. No me contestéis aún…

Fuente: Twitter

Reúno todos los condicionantes para ser persona tóxica para algunos. Es por ello que voy a explicaros cómo cumplo los puntos anteriores y, permito la taxonomización interesada que me han hecho defensores del modelo Flipped, de las certificaciones de determinadas multinacionales o, simplemente, de aquellos que preferirían que todo fuera un modelo Waldorf. Es lo que tiene la religión y la fe: la imposibilidad de aceptar cualquier resquicio y buscar, más allá de argumentos sólidos, una defensa enconada de sus principios dogmáticos basados en una acepción científica propia.

En primer lugar debo reconocer que me quejo de todo y por todo. No puedo soportar que haya ratios infumables, que se juegue a decidir cosas de aula sin haberla pisado o, simplemente, me quejo de que algunos intenten entrar de forma descarada en el ámbito educativo para hacer caja. También me quejo de la segregación de determinados centros, de los proyectos bilingües que, al final, impiden tanto aprender inglés como ciencias (por poner un ejemplo) o, simplemente, de la ola que hacen algunos a determinados calvos vendedores de remedios milagrosos para la calvicie. Es lo que tiene ser un quejica y llevarlo incorporado en el ADN.

También me encanta hacerme la víctima. El pobre de mí. El pobrecito al que hordas y manadas de acólitos insultan en privado, machacan en público y, si pudieran, acelerarían si me vieran pasar por un paso de peatones. Es que tengo una imaginación galopante y lo de hacerse el pobrecito queda muy bien. El problema es que algunos, curiosamente, se hacen los penas porque una solo persona se atreve cuestionar determinados métodos seguidos por determinadas sectas. Es lo que tiene el uso de la debilidad para que algunos nos den palmaditas en la espalda. Cómo me gusta manipular al personal haciéndome la víctima. No sabéis lo bien que me siento.

Lo de ser una persona envidiosa y celosa queda claro en cada uno de mis artículos o tuits. Sólo hace falta ver las ganas que tengo de irme a esos eventos evangelizadores que algunos dan, ponerme delante de un montón de gente encima de una tarima o, simplemente, vender mis libros para sacar dinero. También me encantaría que algunos contaran conmigo para darme determinados premios. Y, al no suceder nada de lo anterior, no tengo otra que quejarme al ver como algunos, por su grandísimo trabajo, consiguen ciertas cosas. Y ya los celos al ver qué bien les sienta la ropa a determinados docentes y lo bien que van peinados, ya hace que me surja mi peor faceta de toxicidad extrema.

No hago nada para avanzar. Lo mío es poner pegas a todo. Lo de introducir determinadas herramientas, preparar materiales que he publicado en abierto o, simplemente, todo lo que llevo haciendo más de dos décadas en el aula no cuenta. Es que, al final, soy un simple escaqueado de la vida que pongo piedras en las ruedas para que nadie pueda hacer nada. Ostras, qué poder. El poder de la piedra. Es que si fuera por mí volvería al profesaurio de los Reyes Godos. Porque no me dejan. Es que, sinceramente, lo intento pero aún debo eliminar a demasiados innovadores.

Mis problemas también son la clave. Son los únicos que cuentan. Lo de no poder acceder a la horchata cuando me gustaría, las diferentes etapas por las que han pasado determinadas dietas o, simplemente, lo mal que dormí cuando fui de excursión a las Galápagos, es algo que todos deben conocer. Para algo tengo un blog y una cuenta de Twitter: para explicar mis problemas. Es lo único que vale la pena de estas cosas… hablar de mí y mis problemas.

Y claro que soy negativo. Soy negativo cuando no me toca la Primitiva, cuando veo que hago horas interminables en mi nuevo trabajo, cuando veo que los equipos informáticos de mi centro no funcionan o, simplemente, cuando descubro que hay aulas de primero de Bachillerato con casi cuarenta alumnos. También soy negativo cuando veo que me engañan o, simplemente, al ver la perversión de ciertos discursos educativos o políticos. También soy negativo al ver la coyuntura política actual o la dificultad de, por ejemplo, conseguir una mejora educativa en función de lo que se está interesadamente mediatizando. Un detalle… jamás de los jamases se me ocurre hablar del buen trabajo que están haciendo la mayoría de docentes en el aula. Si lo hiciera en alguna ocasión, dejaría esa negatividad. Y no es plan. Lo importante es tener ego y ser mediático.

Finalmente la guinda del pastel. Soy el que más critico. Nada que ver con los flippeds que hablan de que es un deber usar esa metodología y que la mayoría de docentes son unos vagos. Nada que ver con los defensores de determinados vendehumos que, al final, dicen que los que les critican es porque son unos envidiosos y deberían estar enterrados en cal viva. Nada que ver tampoco con los que lo hacen todo bien y en sus centros todos sus compañeros lo hacen mal. Nada que ver con todos esos que, curiosamente, jamás critican nada. Nada que ver…

Voy a reconocerlo de una vez: SOY UNA PERSONA TÓXICA. Además, me mola serlo 😉

Éste es el típico post que escribiría una persona tóxica.
EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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