¿Necesitamos una “revolución” para mejorar la escuela?

En menciones recientes aparece una idea que viene dando vueltas hace mucho: no hace falta grandes cosas para cambiar la escuela. Hay algunas cuestiones que llevan años rondando la educación pero logran plasmar en el sistema. Quisiera revisar algunas de ellas.

Fuente: http://www.shutterstock.com/
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La primera es la que alude Jordi Martí en Finlandia no elimina las asignaturas: el trabajo por proyectos no representa novedad. Ya lo traían como propuesta John Dewey, William Kilpatrick y Célestine Freinet a principios del Siglo XX, cuando el movimiento de la Escuela Nueva pulsaba por dar un vuelco sobre la centralidad del docente y los contenidos en el aula, propia de la escuela tradicional. A casi un siglo después, seguimos peleando contra la fragmentación del conocimiento, la repetición y la evaluación estandarizada.

Trabajo cooperativo, proyectos, aprendizaje basado en problemas… todos conceptos y aportes que llevan muchos años de desarrollo y sin embargo no logran desembarcar de lleno en la escuela. ¿Acaso no son buenas ideas? ¿Por qué se mantienen siempre en un marco “experimental” cuando llevan tantos años de desarrollo? Algo que pareciera tan sencillo, resulta casi inaplicable. Los docentes no conforman equipos; las disciplinas siguen cada cual por su camino y seguimos olvidando que los estudiantes son cada uno de ellos un ser diferente. Bien lejos estamos de esas propuestas “innovadoras”.

Otra de las referencias, que recuperaba Jordi Adell como relevante – a raíz de mi entrada “Por qué lo conservador y tradicional tienen más éxito en la escuela” en donde aludo al autor- es la de Antonio Bolívar (1999) cuando diferencia con claridad los conceptos de innovación, cambio, mejora y reforma.

¿Tenemos que esperar que las nuevas propuestas lleguen “de arriba” de la escuela? ¿Las innovaciones mueren en unos pocos casos y están condenadas a no extenderse nunca? ¿Es imposible un cambio en la escuela si no viene “impuesto” desde el sistema (como el supuesto caso del “modelo Finlandia”)? ¿Son transferibles estos modelos “exitosos”?

No podemos hablar de “éxito” de manera descontextualizada. En la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, se han intentado instalar “escuelas modelo… (Finlandia, Vittra; SEK; etc.)” bajo la denominación oficial de “Escuelas de Innovación Pedagógica”, sobre organizaciones tradicionales; la mismas condiciones de trabajo docente; sin tocar normativa alguna de funcionamiento ni otorgar recursos o autonomía de gestión diferentes. Es obvio que estarán condenadas al fracaso porque ninguna de estas experiencias puede verse fuera de un contexto particular. Esto ha despertado las críticas desde diferentes frentes y la enorme banalización y confusión acerca del concepto de innovación pedagógica. Y ahora resulta que para muchos de los docentes de Buenos Aires la innovación es asociada casi a una “mala palabra” mientras que experiencias interesantes que han sido referentes de cambio en otros contextos resultan cuestionadas hasta el absurdo. Así es como nace la mejor excusa para no hacer nada nuevo…

Un modelo puede ser maravillosamente innovador para un contexto, pero no puede “aplicarse” mecánicamente a otros. Sólo Finlandia es Finlandia y de nada sirve querer “copiarnos” de su éxito cuando no tenemos resueltas las cuestiones más elementales como las condiciones de trabajo docente y su formación. Pero no echa por tierra la experiencia valiosa de otros. El primer error es creer que las innovaciones pueden ser “impuestas” por el sistema.

Desde el otro lado del mostrador, docentes cómodos propugnan que no es posible cambiar nada si “el sistema” no se los permite. ¿Quién es “el sistema”? Podemos hablar obviamente de las administraciones centrales, de la currícula oficial, de las políticas educativas e indudablemente están las que alientan el cambio y las que lo obstaculizan. Sin embargo, “el sistema” en sí mismo es burocrático, verticalista, rígido y conservador, hasta cuando es políticamente administrado por gestiones supuestamente más “progresistas”. ¿Acaso podríamos esperar algo de él?.

Pero esto es tan cierto como la frase característica en mi tierra de que dice que cuando se cierra la puerta del aula, “cada maestrito con su librito”. Entonces: ni tanto, ni tan poco. No todo es “el sistema” y sin la decisión particular de cada uno sería impensable una mejora del aula. El desafío está justamente en el salto entre lo individual y lo colectivo. Si nos sentamos a esperar que alguien nos diga cómo cambiar la enseñanza, podemos estar seguros de que nunca pasará nada. Cursos de capacitación, años de formación, grupos de trabajo… indudablemente esto suma. Pero de nada sirve sin la decisión de poner en marcha algo diferente.

Claro que cuando “el sistema” propone, la corporación docente resiste casi por reflejo todo aquello que provenga de él. ¿Entonces? ¿Qué va primero? ¿El huevo o la gallina? Pareciera que estamos perdidos sin encontrar una salida, en donde como resultado “llegamos siempre tarde donde nunca pasa nada”. Mientras sigamos sosteniendo aquellas pequeñas cosas que hacen que la escuela nunca cambie bien lejos estaremos, por más “grandes modelos innovadores” que circulen.

Me parece que si en vez de sentarnos a esperar la revolución de la educación retomáramos algunas ideas que llevan a veces más de medio siglo dando vueltas, seguramente podríamos obtener mejores resultados. El mejor ejemplo es que hemos inundado las escuelas de dispositivos tecnológicos y eso no ha hecho que mejoremos demasiado. Tener más equipamiento no trajo de por sí mejora en la calidad educativa aunque sí ha logrado alentar a algunos hacia un cambio cuyo rumbo debería definirse en un sentido pedagógico y no tecnológico.

Por otra parte, si lográramos construir colectivos docentes “no corporativos” que pongan la mirada en lo que debería ser central: nuestro trabajo debe impactar sobre el aprendizaje de niñ@s y jóvenes, no se trata sólo de mirar nuestros propios intereses. Y eso no significa dejar de defender cuestiones esenciales del trabajo docente, sino redimensionarlas en una escala en donde no seamos “quienes nos miremos el ombligo” de lo que pasa en el aula. Sólo con esto seguramente seremos más “revolucionarios” que esperando que los “modelos exitosos” nos resuelvan lo que tenemos que hacer…

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Débora Kozak

Docente en Buenos Aires, Argentina, desde 1986. Dedicada gran parte de esos años a la formación de maestros y profesores para la escuela pública. Siempre en la búsqueda de las innovaciones didácticas, llegué a las TIC para explorar su relación con la enseñanza y el aprendizaje. Autora de libros y artículos sobre innovación pedagógica y del blog: "Pensar la Escuela"

5 Comments
  1. Genial artículo Débora. ¡Enhorabuena! que bien has expresado las claves de la auténtica innovación educativa. Tan fuera de sentido cuando perdemos de vista el eje de nuestra vocación: el/la alumno/a en particular, con sus circunstancias y el leve peso de nuestra humanidad.
    Muy agradecido por tus inteligentes reflexiones.
    Gran abrazo desde el sur de Europa
    Juan Antº

  2. Un gran post. La respuesta es muy fácil y, por desgracia, descorazonadora. Sí, hace falta una verdadera revolución. Y, no, no la veremos. No se hará. Salvo experiencias más o menos sueltas, sean institucionales o individuales. Poca cosa, para lo que necesitan nuestros aprendices. Poca, muy poca.

    1. Gracias Manuel!
      Tu reflexión me recuerda cuando empecé mi carrera docente. Súper ilusionada de que iba a revolucionar la educación, con el tiempo me fui dando cuenta de que no lográbamos trascender más que unos pocos con experiencias sueltas. Llevo mucho tiempo pensando qué nos hace falta para que podamos ver de verdad un cambio profundo, y me temo que si no hay convergencia entre un gran cambio organizacional de la escuela y otro curricular que se adapte al la forma de entender el conocimiento en el mundo actual (ambos debieran producto de decisiones políticas), quedaremos siempre en el voluntarismo y la experiencia original acotada.

      1. No es que nos falte ilusión. Sólo que vemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Somos realistas y vemos que es muy complicado que se consiga esa convergencia que mencionas. Mientras, seguiremos intentando lo que para muchos parece imposible por su falta de perspectiva.

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