No es mejor docente el que más suspende… ni el que más aprueba

Hay ocasiones en las que el reduccionismo más absoluto de la profesión docente hace mella en la mayoría de redactados o postulados educativos. En medio de una guerra mediática acerca del tema de los deberes que, llega hasta tal punto de considerar que uno es buen o mal docente en función de la cantidad de deberes que manda hasta, otro de los mantras más habituales de la profesión que es considerar lo bueno que es uno en su profesión en función del porcentaje de aprobados que tiene. Ahora resulta que nos dicen que un buen docente no es el que más suspende. Viva la reducción al absurdo y la descontextualización de los datos.

Fuente: http://www.caninomag.es
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Lamento informar al personal que hay docentes fantásticos que tienen una tasa de suspensos ligeramente más alta de la media (no, no incluyo en esta apreciación a los docentes de determinadas materias que piensan que, para prestigiar su asignatura deben suspender a tutiplén) y docentes, auténticamente inútiles a todos los niveles que, para evitar problemas con los padres y madres (ergo, con inspección educativa) se dedican a aprobar a todo el mundo para justificar su inanición profesional. Sí, hay de todo en la profesión y, por desgracia, jugar a que uno es bueno o malo en función de las notas de sus alumnos es tener muy poco claro en qué consiste la docencia. Lo mismo que pretender que, quien hace exámenes o quien no los hace, sea mejor o peor por tener ese sistema de evaluación porque, hay momentos y aulas en las que uno debe tomar datos y otros, en los que puede dedicarse a realizar otro tipo de experiencias alejadas de ese tipo de evaluación. No es lo mismo hablar de asignaturas más prácticas que de asignaturas más “tediosas y aburridas”. Y sí, sobre el entrecomillado tendríamos mucho que hablar porque, da la sensación que hoy en día dar clase deba convertirse en una fiesta continua para que nadie padezca. Extremos que son siempre malos en una actividad profesional que, dista mucho por mucho que a algunos les gustaría, de tener recetas únicas para la realización de la misma.

Ahora que está tan de moda el debate de los deberes. De la necesidad de ser bueno y no mandar deberes o de, todo aquello que supone el reduccionismo a la homogeneización de algunos acerca de las bondades del personal, sigo pensando que el reduccionismo barato cuando se habla de praxis educativa tiene muy poco de válido y productivo. No es sumarse a una moda o a algo que marque alguien como imprescindible, es ver qué tenemos en el aula y adaptarnos a las necesidades que tienen nuestros alumnos. Un alumno no va a aprender a sumar sin hacer sumas y, tampoco es malo que lea un poco en casa -incluso que sea por obligación aunque dejándole elegir las lecturas en etapas iniciales del aprendizaje- o, haya días en que le toque pasarse un rato dibujando un mapa o haciendo una línea del tiempo para centrarse en algunos detalles de lo que se ha dado en el aula. El problema es cuando esas tareas se convierten en el núcleo del aprendizaje y se desbordan (por cantidad y repetición) pero, más allá de lo anterior… ¿realmente alguien cree que por mandar más o menos tareas para casa uno es mejor o peor docente? ¿No podemos meternos en la cabezota -sí, somos muy cabezones y nos vamos de un extremo a otro- que lo que debería primar es el interés de nuestros alumnos y evitar la homogeneización del asunto?

Yo lo tengo claro: uno no es mejor docente por usar una determinada metodología educativa, mandar más o menos deberes y, ni tan sólo como indico al principio del artículo… por aprobar más o menos alumnos. Un buen docente es aquel que hace lo mejor para sus alumnos adaptándose a sus necesidades. Y las necesidades de los chavales que tenemos delante, ni son las mismas para cada uno de ellos, ni nos permite homogeneizar las estrategias que debemos seguir en el aula.

EDUENTERTAINMENT

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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