Non paenitet nihil

El otro día me preguntaron si me arrepentía de algo que hubiera escrito en este blog o, en Twitter. La verdad es que, a estas alturas de la película y tal como indico en el título de este post (seguro que mal traducido), no me arrepiento de nada. Quizás sí que matizaría determinadas cuestiones y, tal vez fuera del contexto en el que escribí o dije algunas cosas, las mismas no tienen demasiado sentido. Pero, ¿arrepentirme? Pues, como mucho de las formas en algunas cosas.

Fuente: ShutterStock

Hace un tiempo que he optado por no participar en debates estériles en Twitter. Sigo ahí porque, para mí, sigue siendo una gran fuente de aprendizaje y me permite, con los enlaces que algunos publican, poder saber más de algunas cuestiones que me interesan. Eso sí, cada vez silencio más a determinados personajes y, salvo necesidades puntuales de «echar unas risas», no entro al trapo en algunas cuestiones. No se trata de tener anonimato; se trata de que con (…) no puede debatirse. Y seguro que algunas veces también he dicho palabras gruesas, de esas que muchos se relamen al verlas porque las van a usar como arma arrojadiza contra mí… Pero, como os he dicho al principio, no me arrepiento de que puedan usarlas. Es lo que tiene la inmediatez. Además, como no me van a nombrar Conseller ni Ministro, puedo mantener mis tuits sin necesidad de borrar ni uno. Bueno, tampoco los hubiera borrado en caso de que se hubiera dado la casuística anterior. Creo que todos debemos ser capaces de asumir qué decimos y las consecuencias que tiene esa acción. No me molan nada aquellos que, por determinados motivos, cada cierto tiempo se ven obligados a rehacer su trayectoria en las redes o, incluso, a eliminar gran parte de sus tuits.

Lo del blog es algo más complejo. Un tuit tiene una efervescencia muy breve y, al poco uno se ha olvidado, más aún si no se trata de un personaje público, de lo que ha dicho un tercero. Yo, sinceramente, no me acuerdo de la mitad de cosas que he dicho. Bueno, entre más de 70.000 tuits (sí, sé que está escrito mal este punto en la separación de los miles), sinceramente me acuerdo de muy pocos. Tampoco me interesa acordarme de la mayoría porque, al final, descontextualizando los mismos presentan un nulo interés.

Pero iba a hablar del blog. Ahí sí que se escriben cosas más perdurables. Hay muchos que aún se pasan por los artículos críticos con determinados personajes y obvian, por desgracia, las múltiples matizaciones que he realizado a posteriori. No tiene mucho sentido descontextualizar en tema de algún gurú porque, al final, la interpretación sesgada que dan algunos a ese artículo nada tiene que ver con lo que pensé al redactarlo. Y, sinceramente, en diez años de blog también he evolucionado mucho a nivel profesional. Ni soy tan fanboy de las TIC como cuando empecé ni, por desgracia, tan amigo de las sectas de los guays (o modernillos) como al principio. Es que hace diez años todo era otra cosa. Y eso lo sabemos bien los que llevamos navegando (o más bien naufragando) por esas redes cada vez menos horizontales, plagadas por demasiados egos para mi gusto.

A lo que iba. No me arrepiento para nada de mi evolución en el blog o Twitter a lo largo de esta década. Si alguno pudiera coger el contexto de cada cosa que he dicho y analizar por qué digo ciertas cosas en ciertos momentos, habría menos ganas de usarme como arma arrojadiza por unos y otros. La verdad es que, como he dicho siempre, tan solo soy un docente, actualmente refugiado en la administración educativa (que me ha sorprendido para bien, tanto a nivel profesional de mis compañeros como de cosas que se hacen) y que, a veces escribo en determinados lugares. Ni mejor ni peor que otros miles de compañeros que tienen o no interacción en las redes o en sus blogs. Ni mejor ni peor que todos aquellos que no tienen visibilidad en ningún sitio. Ni mejor ni peor que nadie. Eso sí, a pesar de lo que digan algunos, de guapo tengo un rato 😉

Un detalle final… que no me arrepienta, no implica que no cambiaría la manera de haber dicho algunas cosas.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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