Oiga, ¿es el enemigo? Que se ponga

Cuando digo algo, más allá de las reflexiones en clave personal que, en ocasiones puedo verter acerca de cómo me gustaría que funcionaran ciertas cuestiones del ámbito educativo, lo hago fruto de muchas conversaciones de salas de profesores, situaciones vividas en el aula u otras experiencias con determinados estamentos de la administración educativa. Mis dieciocho años de aula, coincidencia con cientos de compañeros y miles de alumnos me dan la posibilidad de hablar con una cierta propiedad (sí, ya sé que algunos dirán que si no hay una investigación educativa en papel por medio, avalada por una entidad bancaria, multinacional de telecomunicaciones o, simplemente estamento universitario, no sirve) acerca de situaciones que suceden y opiniones que existen entre alumnos y compañeros acerca de muchas cuestiones relacionadas con mi ámbito laboral.

Pues bien, en el día de ayer se me ocurrió, en un tuit realizado por un inspector de Educación, comentar que quizás sería bueno que se dejaran de tantos congresos y, si acaso, pisaran un poco las aulas para ayudar en lo que se necesita en las mismas (que es mucho). Que si eso, también es interesante más allá de todo lo que supone ir a unas charlas con los tuyos, quizás sería bueno que se pisaran esos lugares donde realmente se puede dar la mejora social y que dejáramos de considerar como excepcionalidad el interés que tiene una minoría muy minoritaria de inspectores en mejorar las cosas y ayudar.

Fuente: Twitter
Fuente: Twitter

No, no es un comentario «poco acertado» como me respondió un inspector andaluz. Es un comentario muy pertinente por la experiencia de esos años que, como os he dicho anteriormente, llevo pisando las aulas. Años en los que he conocido inspectores que eran muy buenas personas pero que, a nivel de solucionar problemas o dar ideas sobre qué podríamos mejorar en los centros en los que he trabajado, como que va a ser que no. Bueno, en algunos casos ni tan sólo he conocido el aspecto del inspector o inspectora que tenía mi centro. Sí, conozco más a quien vive en Groenlandia o en las selvas del Amazonas por los reportajes del National Geographic que a alguien que tiene un despacho a poco más de treinta kilómetros de mi trabajo. Bueno, en el caso de mi inspector de estos dos últimos años lo conozco de haberlo visto un día por la mañana, preguntarle quién era y ofrecerle, muy amablemente, que entrara en mi clase para que recordara como se hacían esas cosas. No, por desgracia no aceptó esa invitación y os prometo que se lo dije sin ninguna doble intención.

Mis compañeros hablan de los inspectores como desertores de la tiza, como tipos y tipas que han conseguido medrar a un despacho porque les da alergia el aula, como burócratas que no sirven de nada más allá de pedir papeles (sí, hablo de programaciones u otros documentos variopintos que se hacen en los centros). También tenemos las típicas conversaciones acerca de su acceso a inspección por motivos que, tienen muy poco que ver con su profesionalidad y mucho con el carnet político que llevan en la boca. Sí, en la Comunidad Valenciana no hay ninguno de mis compañeros que conozca a un inspector o inspectora que no sea del PP o que entrara cuando mandaba el PSOE en la Comunidad. Debe ser, según ellos, casualidad. Más aún cuando son en los Claustros una minoría los votantes de esos partidos en la mayoría de los centros en los que he estado. Y si fuera proporcional a la ideología del profesorado tendría que haber una mezcla más variopinta.

Vamos a hablar claro: los inspectores no son bien vistos por mis compañeros. Se les considera como unos inútiles que cuando vienen sólo vienen a generar problemas. Inspectores que son recibidos en los centros como enemigos y que, por desgracia, a algunos les siguen dando miedo y a otros que sabemos lo que hay y lo circunscritas que están sus actuaciones, un poco de pena al ver que grandes profesionales -que nunca he discutido que lo sean- sirven para poco menos que nada. Bueno, si eso y hay alguna cuestión mediática o de problema con los padres, apagar fuegos. Sí, para la inmensa mayoría de mis compañeros los inspectores antes van a defender a los padres que a los docentes. Y eso, lamentablemente, se ha demostrado en todos los casos que he conocido de primera mano (a la hora de hacer cambiar notas o, incluso, a la hora de obligar a docentes a cambiarse de centro por no hacer lo que los padres demandan).

Oiga, ¿es el enemigo? ¿Se puede poner? Sí, un momento, la extensión de Inspección Educativa es la 666.

Sé que en Inspección Educativa hay algunos -demasiado pocos para mi gusto- inspectores que están intentando cambiar la manera de hacer las cosas. Y sí, también reconozco que, por desgracia, lo de haberse convertido en el enemigo tiene mucho que ver con cosas que, en ocasiones, no dependen de ellos. Ojalá cambiara la percepción que tenemos de ellos. Ojalá pudiéramos remar con ellos en la misma dirección.
EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

1 Comment
  1. En 10 años en las aulas he conocido a un único inspector. Vino porque teníamos una familia muy problemática y el padre lo tenía desbordado a instancias, parece que iba a verle cada viernes (poca feina…).
    Salí llorando de pura frustración, pensaba que venía a ayudarme. Se limitó a decirme que la experiencia me curtiría… Sin saber que yo ya estaba curtidita por aquel entonces.
    En fin, los alumnos promocionaron y cambiaron de centro. Todos ganan?
    Ah, le dije que no sabía lo que era convivir con ellos y otros tantos similares y enfureció diciendo que amaba su profesión y que estaba muy equivocada si pensaba que era alérgico a la tiza. Se puso un poquito a la defensiva, me pregunto porqué…
    Una interina de usar y tirar

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