Papeles sin cultura, cultura sin papeles

arbre_culturaHay sinónimos que, por mucho que nos empeñemos en repetirlos, no existen. Por mucho que nos empeñemos hay zoquetes con título universitario y sin él. Hay personas culturalmente deficientes con independencia de su formación.

No es raro observar a personas a las que, supuestamente se les asigna un alto nivel cultural, ser incapaces de escribir un texto con corrección. Cada vez es más habitual ver a titulados universitarios que nunca han abierto un libro una vez finalizados sus estudios. No son casos aislados. Hay cúlmenes y gradaciones en la incultura. Incultura que llega hasta el extremo de docentes de Universidad, la cuna de la sabiduría y la cultura, que publican sus materiales con numerosos errores ortográficos. Docentes de Universidad cuya cultura se reduce a saber, quizás, mucho de lo suyo pero demasiado poco de lo que podríamos englobar como bagaje cultural.

Las audiencias de los llamados «programas basura» no están plagadas de fracasados en los estudios. Bueno, siempre me gusta hacer un pequeño inciso cuando se habla del fracaso educativo para preguntar… ¿qué es fracaso escolar? ¿Qué significa que alguien ha fallado en el aprendizaje reglado? ¿Qué importancia social debe darse a lo anterior cuando hay personas que, con esfuerzo y al margen del sistema, han conseguido labrarse un excelente futuro? ¿En qué parte de la estadística los deberíamos incorporar? Y a aquellos universitarios del título para envolver bocatas, ¿los consideramos fracasados académicamente? O, ¿quizás deberíamos plantearnos de una vez el concepto de fracaso?

Me he ido por las ramas. Algo demasiado habitual para aquellos que, a veces, os pasáis por aquí. Estaba hablando de la imposibilidad de relacionar certificaciones académicas con cultura. Grandes escritores que jamás han conseguido un título universitario se mezclan con titulados incapaces de redactar el prólogo de una triste novela. Diseñadores y cocineros que jamás han estudiado pero cuyo nombre sirve de referencia para aquellos que, en un futuro, van a obtener una certificación en dicha aptitud. Una certificación, por cierto, que ninguno de esas grandes estrellas del asunto posee. Una certificación que no va a avalar mayor capacidad que la que se va a demostrar andando.

Hay personas de «manos sucias» a las que siempre espera un libro en casa. Otros, con su manicura de domingo, que pasaron del pupitre a sillones de diferente tamaño, cuya máxima aspiración cultural es la de seguir a su equipo de fútbol favorito. No hay acciones excluyentes, ni taxonomías poco elásticas. Es tan lícito combinar cultura como considerar a la misma parte de lo que conforma a las personas. Tan lícito como falso el certificar, a voz de grito, quiénes son los que se hallan en posesión de esa cultura tan diversa y enriquecedora como la que nos rodea.

 No creo que tener un certificado académico implique el nivel cultural de uno. No creo que se pueda tener una conversación más o menos seria con el abogado o médico que con alguien que empezó a trabajar de muy joven y dejó los estudios por diferentes motivos. Ni unos están investidos de cultura ni el otro excluido. La cultura no se certifica, se practica.

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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