Peinados a lo Kim Jong-un

En el día de ayer fueron muchos los docentes que tuvieron un orgasmo educativo pensando en las maravillosas condiciones sus compañeros singapurenses y, las maravillosas instalaciones que tenían en los centros educativos de ese «paraíso». Ya no digamos los amantes de evaluaciones distópicas con la necesidad de imitar ese modelo que encabeza los últimos ránkings perpetrados por una determinada organización económica. Ahora ya no toca Finlandia, ni Estonia ni, por lo visto, Portugal. Ahora ya estamos con Singapur. Mañana a lo mejor nos levantamos con la necesidad de imitar el modelo educativo de las Barbados o el de Corea del Norte. Es lo que tiene que te muestren algo totalmente edulcorado y falso. Ahora muchos docentes ya han ido a Finlandia y han visto que no era oro lo que nos vendían. Pues vamos a buscar algo más lejano que menos puedan saber qué sucede realmente…

Fuente: Facebook

Lo cierto es que no quería hablaros del establecimiento de modelos educativos por imitación y sí de tecnología educativa. De esa que, curiosamente, tiene una obsolescencia programada a flor de piel. Sigo teniendo el mismo lavaplatos desde hace más de una década y ya he pasado por miles de herramientas que, supuestamente, iban a ser la revolución educativa. El no va más del asunto. Bueno, supongo que algunas herramientas y las empresas que las crean no tienen muy en cuenta las infraestructuras tecnológicas de los centros. Y ya sabemos que, al final, nos va a tocar tirar de tiza y pizarra. Y aún así los chavales aprenden. No solo eso. Los mejores alumnos te exigen un material didáctico que ellos puedan emborronar, subrayar y anotar. Un material para que ellos puedan trabajarlo. Algo que no se consigue con ninguna herramienta tecnológica porque, curiosamente, la mayoría son de creación o consumo pero no de aprendizaje. Un aprendizaje que, por desgracia para algunos, se sigue dando de la misma forma porque los alumnos tienen las mismas necesidades que nosotros cuando teníamos su edad. Eso de las herramientas maravillosas queda muy bien para hacer alguna cosa pero no para centrarnos en el aprendizaje sobre ellas.

¿Os acordáis de los Glogster? ¿De Prezi? ¿De las Google Glass que iban a revolucionar la educación? Si hasta yo he utilizado códigos QR, he hecho cazas del tesoro, webquests o, simplemente, usado Moodle. Todo lo anterior sin contar con las herramientas de gestión de aula (Edmodo, Schoology y un largo etcétera). Algo que solo ha servido para darme cuenta que ya podemos denominarlas TIC, TAC o TEP (sí, el empoderamiento, del cual ahora se habla mucho menos también tuvo su espacio) porque, al final, se acaban convirtiendo en el producto y en el proceso en lugar de la herramienta. Dar clase mediada por tecnología obliga a perder mucho tiempo y, lamentablemente, no consigue los outputs necesarios para tanto esfuerzo. Quizás en ocasiones sí, vamos a ser positivos. En muy pocas según mi experiencia.

¿A quién le interesa el uso de herramientas en el aula? ¿Al docente o a las empresas que hay tras las mismas? Pues, sinceramente, creo que si no hubiera un modelo de negocio detrás, no habría tanto interés en sacar a diario nuevas herramientas, nuevas funcionalidades de las que ya hay (que lo único que hacen es complicar su uso) o, simplemente, reformular unos cuadernos Rubio para ofrecernos la versión digital del asunto. Es complejo el asunto. Muy complejo.

A día de hoy el docente debe ser competente digitalmente pero, sinceramente, me da la sensación que una competencia digital basada en la herramienta o en la capacidad de renovar el repertorio es algo que debería preocuparnos. Más aún cuando el objetivo básico de una herramienta se acaba pervirtiendo para convertir su uso y aprendizaje en un objetivo mayor que el de la asignatura que se imparta.

No lo sé pero, a veces, me da la sensación que las únicas herramientas que me siguen funcionando son el blog (un material elaborado por mí que voy actualizando curso tras curso o, en ocasiones, rehaciéndolo de cero con, en muchos casos, materiales de terceros que he seleccionado) y esas herramientas de comunicación que me permiten estar en contacto con los alumnos y/o docentes de otros centros para saber qué experiencias están llevando a cabo en sus centros. Lo demás, un conjunto de peinados a lo que marca la moda actual porque, seamos claros, ¿a quién le interesa realmente aprender una herramienta cuando sabe que en dos días la primera desaparecerá y sacarán otra que será lo más? ¿Vale la pena ese esfuerzo en lugar de dedicar a mejorar la competencia metodológica y capacidad de saber más cosas de lo que estamos impartiendo? Diría que no pero, en mi caso, sigo jugando con lo que va saliendo, aunque acabe sirviendo de bien poco, porque uno es bastante friki 😉

Muchas gracias a los que ayer me soplasteis ideas acerca de qué podría escribir hoy.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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