Por treinta monedas de plata

La culpa de lo que nos pasa a los docentes en este país no siempre es culpa de terceros. Tenemos una gran cantidad de «compañeros» que, por lo visto, ayudan de forma activa al desprestigio de nuestra profesión e, incluso, a la pérdida de condiciones laborales. No, no es una cuestión banal porque, al final, el enemigo está dentro del colectivo.

Fuente: ShutterStock

Estos días se ha conocido que la Junta de Andalucía monta «guarderías» en julio para alumnado que ha suspendido alguna asignatura (fuente). Claro que sí. La mejor estrategia para que esos alumnos mejoren en sus aprendizajes es darles más horas de lo mismo. Quizás hubiera sido más lógico poner profesores de apoyo a lo largo del curso y reducir las ratios, pero qué sabré yo del asunto.

Lo que más me preocupa de estas «guarderías» es que hay docentes de la pública que se están pegando hostias por poder hacerlas. A treinta euros la hora, hay algunos que en julio tienen ganas de seguir dando clase. No deben haber trabajado mucho durante el curso porque, viendo como acabamos los docentes a finales de junio, las fuerzas no dan para mucho más. Seguro que, o bien tienen pilas inacabables o, simplemente, se han estado rascando los bajos con diferente profusión a lo largo del curso. Nada nuevo bajo el Sol. Todos sabemos que la mayoría de docentes que salen de ruta eduturística (como formadores) todos los sábados y fiestas de guardar son bastante poco efectivos en el aula. Eso en el caso que la pisen.

El asunto es más grave que lo de cuatro vagos queriendo ganarse un dinero extra. Lo triste es que, como todos sabemos, si ahora se ve que hay docentes que pueden hacerlo, ¿por qué no plantearse que julio se convierta en lectivo? En Andalucía les van a montar aires acondicionados para ello. Y después van a llorar todos. Bueno, estos que se apuntan a dar estos «repasillos», poco. Sí, ellos van a ser los culpables de convertir julio en lectivo. Ya sé que hay varios gilipollas dentro del colectivo. Lo sé porque, sinceramente, algunos son incapaces de ver las consecuencias de ciertas cosas. Es lo que tiene tener un encefalograma tirando hacia plano. O, simplemente, tener mucho morro porque saben que, como no pegan chapa, ya serán sus compañeros los que tendrán que dar clase. Ya si eso defendemos el asunto o lo justificamos. Es que de justificaciones surrealistas algunos van sobrados. Muy sobrados.

Ídem para aquellos que van como locos por irse a corregir exámenes de Selectividad. Algunos de ellos, curiosamente, diciendo por las redes sociales y en sus ponencias que lo de los exámenes es un invento del pleistoceno y deberían erradicarse. Si queréis me meto también con aquellos que van voluntarios a corregir oposiciones porque, debe ser que se consideran unos expertos en evaluar a sus futuros compañeros. Cuánta sapiencia junta. Por favor.

Nada surge espontáneamente. Hay algunos que, por lo que se ve tienen mucho rostro, pocas luces y, sinceramente, nulo sentido común. Y son fáciles de detectar porque, siempre ha resultado curioso que los más vagos son los que más exigen a los demás, los que más se quejan de la administración y los que, por lo que se ve, más favores les apetece pagar. Algunos llevo conocidos en mi peregrinación educativa. Demasiados para mi gusto pero menos de los que, interesadamente, algunos dicen.

Cuando llegue el momento de llorar conviene buscar culpables. Culpables para los que no deberemos irnos tan lejos. Hasta entonces, miremos a otro lado. O no.

Vale también para lo que va a suceder hoy. Mañana siempre será tarde.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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