¿Qué demonios conocemos para decir que uno es buen o mal docente?

La verdad es que me preocupa la facilidad de taxonomizar a los docentes, especialmente por parte de los compañeros, en buenos o malos profesionales en función de lo que venden en las redes sociales, la cantidad de elementos multimedia con la que nos inundan de sus «maravillosas» prácticas educativas e, incluso, por la proliferación de ponencias en las que algunos hablan de los milagros que están sucediendo en sus aulas. Creo que no es algo tan fácil juzgar a nadie desde el desconocimiento de lo que sucede en su aula y sólo con la versión interesada y sesgada de uno de los protagonistas. Y ese desconocimiento es la clave de la que se nutren muchos -demasiados para mi gusto- para convertirse en adalides de lo que debiera ser la educación. Bueno, es que son tan «buenos» en su trabajo que, incluso, se permiten el lujo de decir que alguien es un buen o mal docente en función de sus parámetros.

Fuente: http://www.cpic.or.cr
Fuente: http://www.cpic.or.cr

Llevo un tiempo siguiendo de cerca a algunos de esos docentes más mediatizados. He tenido la oportunidad de hablar con alumnos suyos, ex alumnos y algún padre. Además, por suerte, tengo la satisfacción de tener un correo electrónico en el que me escriben muchos y me cuentan cosas. Cosas que, en más ocasiones de las que me gustaría, coinciden muy poco con algunas afirmaciones que hacen algunos en los medios. Y mucho menos en lo que se dice desde algunas de esas ponencias de metodologías dispares que, a veces, tienen demasiados problemas para ser aplicadas en el aula o que, si se aplican, lo hacen a un coste elevadísimo para el alumno. Alumnos que, tal y como dicen esos docentes «extraordinarios», no tienen un pelo de tontos. Algo en lo que coincido. Un alumno se da cuenta de si tiene un docente o un vendedor de humo. Seamos sinceros, los alumnos no soportan a muchos de esos docentes que llenan auditorios e imparten cursos de todo lo que venda en ese momento.

El aula marca al buen o mal docente. Uno puede contar la milonga que le apetezca, falsear la realidad e, incluso, jugar a que sus innovaciones son imprescindibles. El problema es que, de puertas para fuera, todo puede ser más o menos vendible pero, una vez se cierran las puertas del aula, todo eso que queda tan bonito en libros y fabulaciones, se convierte en algo muy diferente. No, no es la necesidad de mantenerse en el inmovilismo ni en permitir que los alumnos sean los únicos jueces de la profesionalidad de uno pero, cómo mínimo, sería interesante saber qué cuentan esos chavales de algunos de esos profesionales que viven de la charlatanería educativa. Una charlatanería que se compra muy bien y ayuda a más de uno a lidiar con su realidad bastante más incómoda que sus cuentos chinos.

¿Qué demonios sabéis, por ejemplo, de lo que hago yo en el aula más allá de lo que alguna vez os he contado en el blog o, he dicho alguna vez en las redes sociales? Mis alumnos y compañeros lo saben pero, si queréis os hago un relato edulcorado y me voy a venderlo por ahí aunque, como ya sabéis los que os pasáis por aquí, no es mi prioridad ni mi necesidad a corto plazo. Pues lo mismo antes de empezar a poner en un pedestal al personal o crucificarle porque no piensa como nosotros porque, al final, nadie conoce a nadie y, lo único que conocemos es lo que nos venden en la primera cita. Una primera cita que después va a permitir conocer de verdad a la persona. O, quizás, no lo lleguemos a conocer nunca por quedarnos con esa falsa superficialidad de la primera impresión.

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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