Recetas educativas by Jordi

Hace tiempo que, debido a bandazos varios, tenía ganas de ponerme a fabular acerca de recetas educativas en clave personal. Sí, quizás mi manera de ver las cosas se matiza en función del centro en el que trabajo, los grupos que escojo o, incluso, dependiendo de los compañeros con los que me toca compartir la máquina del café. Paso fácilmente del rosa pálido al negro más oscuro, deteniéndome a observar toda la gama de colores posibles hasta volver al blanco hielo. Color que, por cierto, sí existe porque es el color del cual tengo pintado el comedor de mi casa. Bueno, al menos eso es lo que creo aunque no noto demasiadas diferencias entre un blanco y otro.

Fuente: http://www.juliaysusrecetas.com/

Tengo muy claro que mis recetas educativas, a diferencia de la de otros que las ficcionan alegremente y se hallan en posesión de verdades absolutas, son personales, difícilmente extrapolables y, siendo sinceros, poco menos que el producto de una mente calenturienta, con dieciocho años de aula a cuestas y que ha navegado -o más bien naufragado- en numerososo proyectos imposibles de catalogar y, mucho menos, taxonomizar. Ya no se trata de ABP, gamificación o bocadillos de mejillones con nocilla. Se trata, simplemente, de praxis adaptativas cuya posibilidad de éxito es desconocida en sus inicios y que, después de numerosos virajes, consiguen ser algo medianamente educativo. Bueno, eso siendo optimista. Es por ello que las recetas mágicas me cuestan de digerir. Bueno, cada vez digiero peor ciertas afirmaciones sobre el sistema educativo y los milagros.

Pero no nos vayamos por las ramas y esbocemos algunas ideas que creo que podrían venir bien a la Educación. En primer lugar tengo claro que deberíamos reducir los ratios a niveles soportables para personalizar el aprendizaje. Ya, ya sé que es una queja habitual entre muchos docentes pero, sinceramente, creo que un número aceptable debería rondar los quince a veinte alumnos. Si alguno me pedís un número mágico os daría el de diecisiete. Grupos heterogéneos de trabajo individual -sí, siento haber descartado el trabajo grupal como octava maravilla pero, la realidad de lo que veo hace que esos trabajos en grupo se conviertan en un despropósito- con pinceladas de proyectos, con grupos escogidos por el docente, que deben ser realizados en el aula. Lo de los trabajos en grupo fuera del centro no es efectivo. Queda muy bonito pero la realidad se empecina en tener alumnos heterogéneos. Y creo que ya está bien de tanto despreocuparnos del que hace las cosas bien para sobrecargarle con esfuerzos excesivos.

¿Materias? ¿Nos posicionamos a favor de la reducción de materias? ¿Qué potenciamos? ¿Lo artístico o lo más estructurado? ¿Queremos que todos sepan leer, escribir sin faltas de ortografía y realizar rápidamente operaciones matemáticas, amén del dominio básico de las nuevas tecnologías o dejamos un laissez faire para que niños decidan libremente qué quieren estudiar? Pues sinceramente, no lo tengo claro. Lo único que sí que tengo claro es que el alumnado pasa demasiadas horas en un centro educativo. No es renegar del esfuerzo como dirían algunos pero, ¿vale la pena hacerles sufrir hasta la extenuación? Que seis horas lectivas es una barbaridad. Una auténtica barbaridad. Así que me conformo con abrir el debate sin chiringuitismos. Vamos a jugar a algo pero, hagámoslo todos. Y esos que tienen las ideas tan brillantes que lo prueben en centros reales.

Ya veis que no entro en el tema deberes ni libro de texto. Es algo que tenía muy claro pero que, por desgracia, depende en demasía del sistema educativo y social actual. En un mundo ideal donde hubiera un sistema educativo que permaneciera a lo largo del tiempo y, se pudieran diseñar estrategias de trabajo entre docentes para trabajar en un mismo centro, quizás sería asumible su prohibición por decreto. Ahora, sinceramente, tampoco veo a tantos docentes recitando el libro de texto y, por desgracia, nuestros alumnos se pierden si no tienen algo más o menos regulado para que se puedan estructurar. Si algún día alguien me comenta que vamos a empezar por Primaria a trabajar de otra forma y vamos a enseñar esas habilidades de adaptación del alumno a medios desconocidos y volátiles me apunto a la quema el primero. Los que os pasáis habitualmente por aquí ya sabéis que me faltaría tiempo para ir a encender la tea.

Si queréis sigo hablando de lo que llamo ikeización de la enseñanza. De esa idea tan moderna que consiste en romper espacios y establecer diseños modulares para que los alumnos estén cómodos en sus sesiones de aprendizaje. Reconozco que estar cómodo es una ventaja pero, vamos a ser un poco coherentes con el tema, ¿alguien consigue pasar de la segunda página de un libro cuando está sentado en el sofá de su casa, con una mantita y una música agradable de fondo? Yo no puedo. Ya, reconozco que puedo ser un caso excepcional y digno de estudio pero sé de buena tinta que no soy el único.

No, no me voy a dejar en el tintero hablar del control absoluto tan necesario que se postula por parte de, curiosamente, los defensores de la libertad del alumno. Grandes programas diseñados para tabletas que permiten gestionar la evolución del alumno hasta el infinito. Rúbricas que evalúan de todo menos lo que pretenden evaluar. Tanto complicarnos la vida para que, al final, sea una ristra de decimales lo que nos sale. Redondeamos y nos sale lo que, la inmensa mayoría de docentes, podríamos poner a ojo al finalizar cada trimestre. Otro tema interesante que podemos relacionar es el de las calificaciones. ¿Nos cargamos los números y ponemos emoticonos? Sinceramente me da igual. Lo importante es que la evaluación sirva de algo. Un tema pendiente que conviene hablar entre los que trabajamos en esto. No, no me valen los asesores que abandonaron hace años el aula o los docentes más mediáticos. Me vale la opinión de mis compañeros. ¿Autonomía de centro para decidir cómo evaluar? No me parecería una mala idea.

Uf, el profesorado. Ya entramos en los grandes focalizados, pero menos importantes de lo que muchos se piensan, rectores del futuro de los chavales. Pues va a ser que no tenemos tanto poder pero sí que podemos hacer cosas. Lo primero reformular las oposiciones. No es el peor sistema de acceso pero, quizás, lo que sí que deberíamos plantear es una praxis más exigente una vez uno entra en el aula. No excluyo la necesidad de escoger a los que más sepan pero, me gustaría que, además fueran los que más saben dar clase. Y a dar clase se aprende dando clase. Una praxis que debe evaluarse con el objetivo de ayudar y no de sancionar como plantean algunos. Todos los docentes en algún momento de nuestra carrera profesional necesitamos ayuda. Hay grupos que no nos funcionan, hay momentos vitales en los que no nos encontramos cómodos y, por qué no decirlo, no todos los centros educativos se nos adaptan igual de bien. Para ello lo tengo claro… nos cargamos a los inspectores y ponemos asesores que ayuden a los docentes que lo necesiten. Dicha ayuda puede brindarse por petición del docente o por estudio de los centros. Asesores que pisen el aula y colaboren con sus compañeros para pulir defectos y que cada vez sean mejores. No deberían ser cargos permanentes.

Muy relacionado con lo anterior está el tema de la formación del profesorado. Han sido muchos millones de euros dilapidados en formación lamentable en risoterapia y similares. Creo que una formación de calidad en métodos -no inventos- y competencias profesionales de las materias respectivas se hace imprescindible. Más aún para el profesorado de ciclos formativos en necesidad de actualización permanente. Ahí sí que debería hacerse un buen trabajo de diseño.

Podría sinceramente hablar de muchas más cuestiones y dar algunas indicaciones para ser tomadas como valor absoluto pero, creo que si habéis llegado aquí, lo único que tendréis claro es que a estas alturas no tengo nada claro. Eso sí, puedo opinar sobre cosas que, libremente, puedo decidir que sean mis recetas o ideas acerca del tema en cuestión.

Gracias por soportar de nuevo mis incoherencias. Incoherencias que no voy a achacar a la vuelta al cole después de las vacaciones navideñas y sí a mi incapacidad de encontrar productos o soluciones fantásticas a corto plazo para nuestro sistema educativo.

Si alguno se anima a compartir sus recetas, tal y como se propone en la imagen que ilustra al post, puede aprovechar los comentarios para hacerlo 🙂
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En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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