¿Son realmente ciertas prácticas educativas un chollo?

La verdad es que da la sensación que uno tenga un ligero toque de daltonismo para confundir ciertas prácticas educativas o, simplemente productos que se ofertan en el mercado destinados al aula, con un chollo. Algunos, por lo que se ve, no conocen al alter ego del maravilloso Chollo del extinto y famoso programa de televisión Un, dos, tres… responda otra vez.

Fuente: Facebook

No hay ninguna práctica que sea efectiva con ratios altas. Ni el uso de medios tecnológicos permiten, a ningún nivel, ser extrapolables para que los alumnos realicen un autoaprendizaje no dirigido. Si todo fuera tan sencillo, se tiran unos paracaídas cargados con iPads en medio de la selva amazónica y, en unos años, tenemos alguna de esas tribus que, aún viven en esos lugares, diseñando la primera nave estelar. No cuela. No cuela que una práctica educativa ni que una app sea capaz de forma autónoma de generar aprendizaje. Aprender inglés con los cursos de Planeta Agostini era misión imposible. Y no lo digo yo. Lo dice la experiencia de miles de ciudadanos comprándose esos casetes para hacer el «repeat with me… you are a stupid».

Cuando nos vendan un chollo como estrategia educativa, hay algo que ya debería olernos bastante mal. Cuando, tras esos chollos, hay un precio a pagar (sea más o menos grande), ya deberíamos pensar que, al final, lo que interesa es expandir un negocio para algunos. Y ya lo de los chollos de la neuroeducación, el mindfulness, la gamificación de la gamba de Palamós o, el simple hecho de creerse que, por motu proprio los chavales cuando se conecten a internet al llegar a su casa van a ver un maravilloso vídeo, montado con escasos recursos, que algunos docentes hacen con toda la buena fe del mundo…

No funcionan ni los productos esos que anuncian en la radio como el «The Memory» para, por lo visto, tener un memorión de elefante. Ya si queréis ahondamos en el tema de las estafas y timos piramidales tras los que se esconde, tan solo, un modelo de negocio muy chapucero. Eso sí, si hay tantos millones de personas creyendo en seres mitológicos, resurrecciones o rezos como elemento clave para sanaciones milagrosas, poco puede decirse de los nuevos tinglados.

Ahora estaba revisando una oferta (un ofertón según la web) para cambiarme la cafetera de capsulitas que, por motivos ignotos, se ha roto. Nada que ver con la obsolescencia programada que, al final, solo es cosa de los que creen en conspiraciones (modo irónico). Pero no entremos en temas de negacionismo y vayamos al caso que nos ocupa… al de la cafetera. Pues bien, he encontrado una página en la que te la dan «gratis». Lástima que la letra pequeña te obligue a comprar más de quinientas cápsulas de café a precio de oro. Después de la tinta de impresora, el café de las cápsulas debe ser de lo más caro que nos podemos encontrar. ¿Es entonces un chollo el comprarse la cafetera? Pues, por lo visto, para algunos debe ser que sí.

Permitidme empezar la semana avisando de que nadie da duros a cuatro pesetas ni, por desgracia, hay chollos anunciados con luces de neón. Lo que hay es mucho trabajo tras ciertas cosas, metodologías que no funcionan si se sacan del contexto en el que se aplican y, demasiados que están buscando milagros cuando todo el mundo con dos dedos de frente sabe que, ni los elefantes vuelan ni los milagros existen. Bueno, eso salvo que me lleve alguno de la India en avión para meterlo en un zoo de Nueva Zelanda.

En educación NO hay chollos. Hay timos, experiencias puntuales de las que podemos aprovechar una parte, mentiras interesadas de algunos que son incapaces de reconocer sus fracasos y mucho, muchísimo humo. Eso sí, cada vez hablamos más de educación y de prácticas innovadoras. Ahora solo queda preguntarse el porqué y quién hay tras lo anterior. Y no me refiero al docente al que le hace ilusión y lícitamente comparte lo que hace en el aula. Creo que se me entiende.

Estoy tirando demasiado de la expresión "creo que se me entiende". Quizás es que, al final, ni yo mismo me entiendo demasiado. O, mejor aún, que me cuesta cada vez más el expresarme.
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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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