Soñando cambios educativos

Supongo que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos soñado con tener el poder para cambiar las cosas. Un poder que, como todos, siempre permite hacer y deshacer hasta que, por desgracia, te encuentras con la necesidad de ver la realidad. Los docentes también soñamos. Por desgracia para algunos, también somos personas. Personas con sus ansias, deseos y, como no, sueños en los que manifestamos lo anterior. Yo ahora sólo sueño con hamacas y olas meciéndome los pies pero, lamentablemente, aún hay algún momento de soñar en clave profesional. Sueños que, como decía alguien, sueños son.

Fuente: http://www.shutterstock.com/
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Hace un tiempo, más llegando a estas alturas cuando todo está finiquitado, soñé cómo me gustaría que fuera mi escuela ideal. Soñé con cuestiones que me gustaría cambiar. Me planteé, dentro de ese sueño, posibilidades reales de cambio. ¿Quién no tiene el derecho a hacerlo? ¿Quién no puede soñar para desear algo? ¿Quién no quiere, dentro de su imaginación, cambiar las cosas que cree que no funcionan en su trabajo? Yo, al menos, sí.

¿Y qué soñé? ¿Cuáles son mis recuerdos de ese sueño que, una vez despierto, desaparece absorbido por la realidad? Pues soñé en cambios. En muchos cambios. Soñé con la desaparición de algunas asignaturas. Soñé con la desaparición de la religión en los centros educativos. Soñé con docentes comprometidos. Soñé con aulas sin paredes. Soñé con la desaparición de las editoriales cuyo único objetivo es la edición de libros de texto. Soñé con la desaparición de los inspectores, consejeros y, como no, Ministro del ramo. Soñé con profesionales preocupados. Soñé con tiempos sin timbres. Soñé, como no, con horarios más flexibles, personalización del aprendizaje, ratios más reducidos y, como no, con cuestiones laborales.

Sí, también soñé en que desaparecía el lucro del ámbito educativo. Que se acababan los conciertos. Que los centros privados dejaban de poder expedir títulos oficiales. Que, al final, todos los alumnos con independencia de su origen social y situación económica podían triunfar en sus estudios. Que había médicos procedentes de barrios marginales. Que, más bien, desaparecían esos barrios marginales. Que la sociedad era más justa y ello era gracias a un sistema educativo que dejaba de ser sistema para convertirse en algo maravilloso. Lugar para disfrutar de aprendizajes. Lugar donde los alumnos fueran tratados como personas y docentes como héroes. Con padres implicados. Sin papeles burocráticos. Con espacios para el arte, la danza, el deporte y la música. Donde hubiera servicios asistenciales integrados. Donde las comidas fueran de calidad. Sin frío en invierno por tener mal diseñada la calefacción. Con menos jornada laboral para los docentes y nuestros alumnos.

Me planteé que la conexión funcionaba correctamente. Que era rapidísimo acceder a la información en red. Que los docentes creaban y compartían altruistamente su material. Que se les pagaba más. Muchísimo más. Que la confianza de los padres en ellos era magnífica. Que los padres se implicaban. Que los padres aportaban soluciones. Que las empresas permitían a los padres una conciliación familiar en condiciones.

Soñar, como dicen algunos, sale gratis. Soñar no es cosa de jóvenes. Es cosa de satisfacer necesidades. Y ya puestos a soñar… ¿qué tal plantearse trasladar algunos días esos sueños a la realidad? Sinceramente, me gustaría.

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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