Sonríe, es gratis

Sigo sin entender cómo puede haber profesionales de la docencia cuyo único objetivo sea el sobrevivir hasta la edad de jubilación. No, no me cabe en la cabeza que alguien se pase más de treinta años de su vida trabajando en algo tan complejo como es la educación, con unas facciones mezcla de estreñimiento permanente y hemorroides mal curadas. No, sinceramente no puedo entender que, en algo tan sorprendente y caótico como es trabajar con alumnos, pueda uno estar en enfado permanente desde que entra la nariz por la puerta de su centro educativo.

Fuente: ShutterStock
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Voy a ser muy claro. Hay días y alumnos que te sulfuran. Sí, no todo es un mundo de rosas y bonitos colores en el aula. Aún menos cuando dentro de las aproximadamente 30000 horas que supone tu vida profesional hay demasiados parámetros para ser homogeneizados. Y sí, hay días en que uno pierde la paciencia, suelta su lado más oscuro y cambia su vestido de Prada por algo más parecido a ese uniforme de camuflaje tan usado en otras profesiones. No es malo perder la paciencia un día, lo malo es trabajar sin tener ningún tipo de empatía o con una paciencia agotada antes de empezar a trabajar. Que la mayoría de días uno se lo pasa muy bien dando clase y haciendo cosas con los chavales. Que sí, que es posible disfrutar en nuestro trabajo. Que hay momentos buenos y malos pero los primeros, por suerte, ganan por goleada.

La verdad es que después de unos cuantos años en esto he visto como algunos aún no han sacado una sonrisa que estoy seguro llevan dentro. Estoy seguro de que, dentro de las competencias profesionales que deberían exigirse a un docente, está la de sonreír y saberlo hacer bien. Si uno no sonríe y su única función es la supervivencia o la deserción de la tiza -y no, tampoco todos valen ni tienen las estrategias suficientes para desertar de la misma- es que tiene un problema. Bueno, tenemos un problema en el centro porque, la verdad, es que ese tipo de hastío permanente y mueca despectiva, se acaba contagiando al resto del profesorado. Un problema bastante más importante que muchos otros a los que se destina gran cantidad de recursos.

Sonreír es gratis. No cuesta nada hacerlo. Incluso un catalán como yo soy capaz de hacerlo porque sale realmente barato. Vale la pena sonreír en el trabajo. Los alumnos lo agradecen y uno se lo pasa mejor. No es necesario estar en una nube de felicidad permanente, simplemente se trata de ver lo bueno que hay en nuestra profesión. Profesión en la que es posible pasárselo muy bien. Sonreíd, algunos lo agradeceremos.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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