The Walking Dead

Uno entra a estas alturas de curso en la sala de profesores de su centro y, no sabe muy bien si se la han cambiado por el plató en el que ruedan alguna de esas películas de zombis. La máquina del café está que echa humo. Los párpados de uno están más que caídos. La acumulación de tareas hace que, al final, las mesas se conviertan en algo muy parecido al Big Bang. Entropía en estado puro. Sofás de los que más de uno intenta levantarse y ve que no puede. Tonos de voz cada vez más bajos en el aula para compensar la energía desbordante de esos alumnos de primero de ESO que no se sabe muy bien qué han tomado a primera hora. Arrastrarse por los pasillos está a la orden del día. Más aún cuando tras años de recortes descubres horrorizado, si te pones a pensar en ello, que cada curso llevas casi doscientos alumnos. Eso de llevar es muy relativo… más bien intentas no confundir a Juan con Matías porque, al final, ni las fotos de primera comunión te sirven para acertar a la primera. La desconexión de la sinapsis neuronal por exceso de trabajo se hace patente en estos momentos. Ya si lo juntamos con esa sonrisa torcida tipo Joker por imposibilidad de moverla a su valor adecuado, es que algo pinta muy mal.

Fuente: Flickr CC

Siento cada vez más envidia de aquellos que no pisan patios y su trabajo está siempre en los despachos. No me refiero precisamente a los equipos directivos de los centros. Trabajo al que no volvería ni que me pagaran el doble. También siento envidia de aquellos que se pasan el día gamificando, flippeando, montando Escape Rooms o, simplemente, dando o recibiendo ponencias o insignias. Cuánta energía. Yo es que ya si eso me he ido haciendo mayor. Son ya veinte años sin abandonar el aula en los que no doy más de mí. Bueno, supongo que es mi percepción a estas alturas de curso. Quizás deba ir buscando la fuente de la energía que, por lo visto, han acaparado algunos viendo el gran despliegue de cosas que hacen a estas alturas de la película. Mi película ya se ha convertido en algo muy carroñero en blanco y negro. Ni llevo tan bien ciertas cosas, ni aguanto lo mismo que hace solo un mes. Es lo que tiene irse haciendo viejo de repente. Bueno, quizás sea el hecho de dar clase e intentar que mis alumnos aprendan algo aunque, a veces me quedo en esa intención.

No corrijo cuadernos, hago los mínimos exámenes posibles y monto actividades a realizar de forma autónoma por parte de los alumnos. Aún así estoy fundido. Formo parte de la legión de muertos vivientes que pueblan gran parte de las salas de profesores de nuestro país. Falta que alguien se dedique a rodar la película… no sé si da para sacarse mucha pasta en taquilla pero, es mucho más realista que eso que se vende en los medios o las redes de docentes maravillosos que, a estas alturas de curso están con una sonrisa de oreja a oreja y sin ganas que lleguen vacaciones para no cortar su racha innovadora o guruseril. La realidad se empeña en darnos una bofetada en ocasiones. A mí me ha tocado este curso en el que, no sé por qué acabo más cansado de lo habitual. Creo que toca reflexionar sobre el asunto. Bueno, mejor irme de vacaciones porque, por si alguno no lo sabe, esto puede llegar a curarse con sesiones de playa, horchata y muy poco despertador.

The Walking Dead no es el título de una serie rodada en paisajes a medida. Es la adaptación de lo que sucede en las salas de profesores a final de curso. Y, en este caso, muchos docentes, no necesitamos maquillaje para aumentar nuestro grado de demacración.

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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