Una de fracasos profesionales

Es lo que tiene querer abarcar muchas cosas. Al final, por hache o por be, se tuercen algunas de ellas por motivos ignotos. Bueno, más bien por la falta de planificación ya que, a veces, querer hacer demasiado hace que al final no se acabe haciendo nada bien. Y si a ello le sumamos el caos, falta de planificación exhaustiva o, el simple hecho de jugar con temas que desconoces, ya tenemos una mezcla ideal para que algunas cosas se acaben yendo al garete.

Fuente: ShutterStock

Tengo la gran (in)capacidad de plantearme proyectos en función de ramalazos puntuales. Esto de que te den un centro nuevo donde, si no hay cambios de última hora o alguna toma de decisiones de esas que parecen ser llevadas a cabo por la ingesta de alcohol, presumiblemente vas a pasar muchos años de tu vida laboral, hace que quieras hacer muchas cosas. Además, al contar con grandísimos compañeros te piensas que todo te va a salir bien. Pues va a ser que no… que algo salga bien depende no solo de la voluntad y sí del trabajo. Y, siendo sinceros, creo que he gestionado muy mal mi tiempo y se me ha perdido gran parte de la fuerza en el camino porque aún queda un mes de curso y estoy fundido, hay proyectos que no hay manera de finiquitar y, por desgracia, demasiados frentes abiertos que se abren cuando piensas que has cerrado otros.

En tres días presentamos un dron con los chavales de Bachillerato. A día de hoy no vuela, se nos han fundido dos motores y, por desgracia, tampoco nos enlaza bien el emisor con el receptor. O sea que hay posibilidades que no nos vuele en la presentación. Es lo que tiene Murphy o, simplemente, mi mal hacer a la hora de haberlo asumido en septiembre. Lo de dejarlo todo para última hora también tiene bastante que ver. Siempre tengo tiempo y el tiempo avanza inexorable hasta ese día en el que ya no te queda tiempo para nada. Estrés no, lo siguiente.

Lo mismo podría decir de una obra de teatro robótico que, al final ha tenido que asumir mi compañero, de cubos de LEDs que acaban sin encenderse como debieran o, ya la última, aquellos robots que se empeñan en no poder ser programados ni controlados por bluetooth. Hay qué joderse. La mala suerte se ha cebado en algunas cuestiones que, sumando a la necesidad de ir dando forma a ciertos proyectos cuya fecha límite viene marcada por terceros, ha hecho que no todo acabe siendo lo «bonito» que podría llegar a ser. Y no es la primera vez. Cometo fracasos cada curso. Algunos más o menos sonados y, lamentablemente, sigo sin escarmentar. Me gusta hacer cosas pero no calculo la energía que debo destinar a ello. Esto de la energía y los tiempos no lo llevo muy bien. Por suerte doy Tecnología y se puede jugar al despiste curricular. Quién no se consuela es porque no quiere.

Claro que hay cosas positivas y de todo lo malo podría sacar una versión edulcorada que, incluso, podría llegarme a creer. El problema es que dar clase es cometer errores. Quizás no venda decir que uno los comete pero, en mi caso reconozco que como terapia ayuda porque, al final, lo importante es que para el curso siguiente tenga una planificación mucho más clara y los objetivos sean más alcanzables que los de este curso. Eso sí, cuando ves que tienes chavales fantásticos, estás bien en el aula y tu centro, es imposible que uno no se ponga las expectativas muy altas.

Me lo he pasado bien este curso. Ahora a finiquitarlo de la mejor manera posible y a pensar en cómo puedo hacerlo en cursos venideros para no equivocarme en ciertas cosas…

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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