Una década «prodigiosa»

Año 2009. Aprobación del proyecto Escuela 2.0 por parte del Ministerio de Educación que, en ese momento dirigía Gabilondo y, dentro del mismo, incorporación de portátiles en gran parte del territorio nacional, salvo en algunas Comunidades gobernadas por el PP. Una década «prodigiosa» después, modelos variopintos, mezcla de portátiles, tablets e, incluso, apuesta por los móviles en determinados centros, sin ninguna evaluación que esté considerando como positiva este modelo de digitalización de aula. Modelo tecnocentrista cuyos resultados, en una década en la que estamos mediatizando de forma muy potente determinadas prácticas, personajes y modelos educativos, distan mucho de ser los más adecuados para la cantidad de millones que supuso lo anterior para las arcas públicas.

Fuente: ShutterStock

Redes de profesorado, portales como Buenas Prácticas, repositorio de contenidos AGREGA, rebautizado como Procomún y, una red horizontal denominada Intenet en el Aula en la que, un día sí y al otro también, nos mostraban determinadas prácticas que se iban realizando en aulas de nuestro país. Hoy queda, tan solo, después del esfuerzo de decenas de docentes en mantener lo anterior, una plataforma institucional e institucionalizada denominada Procomún en la que, por desgracia, ni existe un filtro para ese banco de recursos ni es conocida por nadie salvo para cuatro que, por desgracia, tenemos la mala costumbre de ir rebuscando para encontrar algo que nos sirva (o sirviera) en el aula.

Explosión de sistemas operativos «libres». Uno para cada Comunidad. Linkat, Lliurex, Guadalinex, Medusa, MAX, LinEx, etc. Descentralización hasta el absurdo en proyectos que, lamentablemente, se coordinaron en defecto y muchos de los cuales, a día de hoy, están desaparecidos. Distribuciones diseñadas con mucho cariño por algunos, utilizadas por pocos (salvo las que se ponen/ponían por defecto en los centros educativos) y con un modelo de formación en las mismas muy deficiente. Grandes profesionales tras las mismas pero boicoteada por las mismas administraciones que apostaron por las mismas llevando a cabo, de forma más o menos encubierta, tratos con determinadas multinacionales a espaldas de los docentes.

Intento de algunas multinacionales (como por ejemplo, Telefónica) en intentar aglutinar a los docentes más «innovadores» en movimientos variopintos (recordemos el movimiento E3) y aparición de los primeros actos multitudinarios en los que, cientos de docentes, se reúnen para los primeros eventos de merchandising. Aparición de las primeras revistas digitales que se dedican a hacer negocio de la educación y, como no, de los curadores de contenidos cuya única función es difundir lo que hacen terceros. Por cierto, en demasiadas ocasiones otorgándose, de forma muy curiosa, determinadas acciones formativas de otros en primera persona.

Cientos de blogs docentes donde, con mucho amor, muchos docentes empezaban a publicar sus materiales en abierto y las actividades que iban realizando con sus alumnos. Proyectos colaborativos, donde lo importante era la masa crítica y llevar a cabo acciones coordinadas entre varios territorios (incluso entre uno y otro lado del charco) y que, al final, acababan convirtiéndose en algo que, de forma totalmente altruista, sumaba a cada vez más personas. Inicio de las redes sociales docentes. Bueno, más bien del uso docente de determinadas redes en las que Twitter se convirtió en el rey de las mismas.

Muchas quedadas entre docentes para charlar de forma horizontal. Desaparición de tarimas en las mismas y grandes comilonas alrededor de un mantel en el que, se hacían propuestas, se montaban proyectos y se planteaban posibles soluciones. No existía ni la administración ni las multinacionales. Eran charlas de tú a tú donde nadie era más que nadie. Donde, al final, lo importante eran los lazos que se podían establecer entre las personas. Cervezas y más cervezas. Charlas y más charlas hasta altas horas de la madrugada. Un futuro que se vislumbraba con muchas luces, pero…

… algo empezó a ir mal, desmontando todo aquello que una vez fue buenas intenciones hasta reconvertirse en espectáculo, negocio y pérdida del sentido común. Irrupción de multinacionales para hacer negocio, personajes que surgieron como «expertos» en algo que jamás fue propiedad de nadie, bandos y bandazos y, por desgracia, conversión de la ilusión emocionante en una emoción descontrolada y creencia en unicornios multicolores. Eso sin olvidar a aquellos que, dentro del movimiento más rancio del asunto, piden volver a las galeras. Dejando muchos muertos en el camino. Bueno, muertos y descolocados -entre los que me encuentro- a partes iguales.

Se empieza a hablar de nombres y no de mejora educativa. Se sustituye el amor incondicional por la tecnología por un amor, aún más posesivo si cabe, por la metodología. Surgen, o más bien renacen, metodologías en las que se centran muchos discursos. Se cambian las quedadas horizontales en las que nadie es más que nadie en lugares donde, al final, lo que importan son los clanes. Incluso asociaciones que, en su momento eran totalmente abiertas, se convierten en un lugar inhóspito para ser pisado por primera vez.

Muchos desaparecen, otros se reubican para hacer negocio y aparece una nueva hornada de docentes cuya máxima es convertir la educación en OT. Otros nos mantenemos cautos y se nos tilda, curiosamente, de inmovilistas cuando hemos pasado por muchas etapas vitales/profesionales para llegar a nuestra manera de ver las cosas actual. No se lee. No se debate. Hay máximas y verdades absolutas. Y, al final, el despiporre. Bueno, más bien la visión paralela de la educación en redes con la de aula.

Se pintan garabatos con sentido pedagógico, se habla de buenos o malos docentes en función de si son del Barça o del Madrid, se llenan plazas de toros para escuchar a algunos que se sacan un par de miles de euros por cuarenta minutos de frases diseñadas por terceros. Las empresas, con el apoyo de algunos, intentan llevarse hasta la última migaja de algo que han convertido en un pastel muy negociable. Se abren y cierran debates de forma totalmente efímera.

Los medios de comunicación hacen publicidad de determinados docentes y situaciones. Exageración de vocablos, titulares incitando a la desconfianza y, finalmente, muy poco solucionar lo que sucede en el aula. La educación como arma arrojadiza. El posicionamiento ideológico como marca para poder decidir qué está bien y qué no. Apoyo gratuito a determinadas multinacionales y a su desembarco por una simple chapa. Y la vida continua.

Ha sido una década «educativamente» muy potente. El problema es que esa potencia se ha quedado en lo mediático salvo contadas excepciones. Quizás sea el momento de reformular las cosas. De repensar las cosas. De empezar a aislarnos de modelos de coaching educativo, de zonas de confort, de si uno por trabajar en fin de semana es mejor o peor docente y renacer de unas cenizas que, por lo visto, cada vez caen con mayor profusión desde la boca de un volcán que arroja lava demasiado rápido para que pueda solidificarse.

No se trata de una crítica a nada ni a nadie. Se trata, simplemente, de una reflexión en voz alta, producto de una charla con «amiguetes» 😉

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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