Una defensa de los libros de texto… ¿en XarxaTIC?

Acepto con mucho gusto, y agradecido, la invitación que me hace Jordi Martí de participar en su blog con un artículo. Y lo hago con ganas de decir algunas cosas que seguramente él no comparte, y puede que muchos de sus seguidores o lectores tampoco. Él lo sabe, lo que dice mucho acerca de su generosidad y de la verdadera naturaleza de este espacio, XarxaTIC, un lugar que crece dando voz a distintas sensibilidades y maneras de ver esto que podemos llamar el tema educativo.

Fuente: http://www.text-lagalera.cat/
Fuente: http://www.text-lagalera.cat/

Y es que, vayamos al grano, debo confesar de buen principio que soy editor de materiales educativos (“libros de texto” si quieren, aunque hacemos mucho más, como intentaré explicar), y soy un defensor del valor que tienen, o pueden tener, los buenos materiales como una herramienta muy potente en manos de buenos docentes.
Precisamente estas últimas semanas hemos estado ultimando en la editorial los nuevos proyectos, las novedades, que tradicionalmente se dan a conocer en primavera para que en los centros educativos se puedan elegir los materiales para el curso siguiente antes del final de éste. Culminamos pues un proceso creativo de varios meses, en algún caso años, en el que han participado muchas personas, profesionales de distintos ramos, que han trabajado en equipo aportando su experiencia, su conocimiento y formación, su talento y su tiempo para llevar a buen puerto el proyecto.

En momentos como este, cuando por fin toma la forma definitiva el ingente trabajo que es preciso para llevar a cabo un proyecto educativo, y después de haber tomado cientos de decisiones acerca de todos los aspectos que hay que tener en cuenta para su elaboración (de planteamiento y estructura, de contenido, de tono o registro, didácticos, formales, de diseño y un largo etcétera), uno se da cuenta de que a veces (a veces, digo) se toma nuestro trabajo, y sus frutos, muy a la ligera. Esto es lo que pienso cuando leo o oigo comentarios en contra del libro de texto, de su uso y a menudo en contra de los docentes que lo prescriben. Por supuesto que todo el mundo tiene el derecho a pensar y decir lo que le parezca, faltaría más. Con el mismo derecho, yo, que llevo más de veinticinco años trabajando en editoriales educativas, puedo pensar que las críticas echas así, a los libros y las editoriales en bloque, son injustas.

En realidad, cuando se hacen estos comentarios lo que realmente se quiere criticar es un tipo de educación clásico, cerrado, demasiado dirigido y rígido, basado en la pura transmisión de conceptos o información, y lo que se hace es relacionar directamente este sistema con el uso de los libros de texto. Sí: los libros de texto permiten un sistema de enseñanza como este. Pero permiten también hacer todo lo contrario. La idea fundamental de este artículo es tan simple como esta: los (buenos) materiales educativos son herramientas pensadas y elaboradas por equipos de especialistas en educación que pueden ser muy potentes y útiles en manos de buenos docentes.

El libro es una herramienta potente pero no milagrosa, y por supuesto no la única: para usarla hay que trabajar (tanto docentes como alumnos), saber qué se quiere hacer con ella y tener el talento necesario para llevarlo a cabo. Con una escarpa y un martillo (y con talento y trabajo) Miguel Ángel esculpió sus esculturas, pero también se puede abrir la cabeza al vecino, y no por eso vamos a culpar a la escarpa ni al martillo… ni a los fabricantes de estas herramientas.

No es cierto, en mi opinión, que el uso de libros de texto implique una metodología de trabajo determinada con los alumnos. Y cosa muy importante: su uso no excluye el uso de otras herramientas, como a veces se quiere dar a entender. Un amigo detractor de los libros me dice a veces: la actualidad no está en los libros. Si hay una crisis con el ébola, o un desastre natural, o cualquier noticia de estas que llega a todos los rincones y de la que hay que hablar en clase, es bueno aprovecharla para trabajar el tema con los alumnos. ¡Por supuesto!, digo yo. Y hay que recurrir a todas las fuentes y recursos a los que tengamos acceso y con las herramientas y dispositivos con que contemos. Pero esto qué tiene que ver con el valor que tenga, o no, un libro? ¿Que el ejemplar en papel no puede recoger la actualidad? Claro que no (otra cosa es el servicio que pueda ofrecer la editorial desde su página web, pero de esto hablamos después), ¿y qué? Tampoco un atlas o un diccionario impresos recogerán todas las novedades que se dan continuamente en la geografía política o el léxico, ¿esto los convierte en objetos inútiles? ¿Qué hacemos con las bibliotecas después de la generalización del acceso a internet, las quemamos? Tampoco una cafetera me permite estar conectado con lo que pasa en el mundo ni me permite tener acceso a información y aplicaciones interesantísimas, pero hace café, cosa que no está nada mal.

Prefiero sumar los recursos y sacar provecho de cada uno en vez de sustituirlos. Yo soy un amante de la radio, por ejemplo, o del teatro; medios que se daban por muertos cuando aparecieron la televisión y el cine. Otro ejemplo: hace ya un tiempo, con la popularización de las tabletas, se hablaba de la “narración transmedia”, los relatos que se sirven de distintos recursos para hacer la experiencia del usuario más rica: textos, locuciones, vídeos, sonidos, animaciones, enlaces… Apasionante, sin duda. No tardó en aparecer el que diagnosticó que este tipo de narraciones sustituiría a la novela, que ya estaba condenada a desaparecer. ¿Por qué esta obsesión por cargarse lo anterior? Viva la narración transmedia (si llega a consolidarse) y viva la novela también, en papel o digital.

Que nadie se equivoque: no estoy defendiendo aquí el libro en papel frente a otros y nuevos productos o dispositivos. Los editores de contenidos educativos estamos trabajando desde hace muchos años en los contenidos digitales, y la mayoría vemos la irrupción de las tecnologías en las aulas como una buena noticia y no como una amenaza. Muchos de los editores “tradicionales” somos entusiastas de las posibilidades de los recursos digitales, tanto por interés del negocio (se abren nuevas posibilidades, nuevos productos y servicios que podemos ofrecer a la comunidad educativa) como también por devoción o inclinación: no olvidemos que somos gente del mundo de la educación. Hoy aquí no defiendo el libro “tradicional”, pues, porque además lo que hacemos la mayoría de las editoriales ya tiene poco que ver con el libro de texto clásico. Hoy hablamos de proyectos educativos que están formados por distintas piezas o productos y a menudo también por servicios, por ejemplo contenidos y recursos digitales en línea actualizados continuamente o conectados con la realidad del momento.

Lo que sí defiendo es una cosa muy mal vista hoy en día, mirando incluso más allá del entorno de la escuela y de los materiales educativos: el papel del intermediario. Este que todo el mundo critica y que todos se quieren saltar. Muchas veces el editor elabora (nosotros lo hacemos) sus propios proyectos, pero a menudo actúa como un intermediario entre uno o varios autores y sus lectores o usuarios. En todo caso, tanto si su papel es uno como el otro, prepara unos materiales para uso de otros: hace su propuesta, escoge. Un libro (en papel o digital, tanto da), en definitiva, es el resultado de una elección, la del editor. Y aquí es donde hay gente que se rasga las vestiduras: ¿por qué usar lo que “otros” han hecho? ¿Por qué confiar en lo que otros ofrecen? ¿Qué intenciones ocultas tendrán? Y por supuesto: ¿Por qué pagar por algo que puedo encontrar gratis en la red o que puedo hacer yo mismo?

Pues sí señor, y ahora hablo como lector que soy, o como consumidor o usuario: yo defiendo el papel de este intermediario que elige, que prepara algo para mí, que hace el trabajo duro de separar el grano de la paja, de picar piedra, y pone su gusto, su criterio, su talento, su trabajo de horas y horas a mi servicio ¡Claro que no tengo la misma confianza ni siento el mismo placer por lo que publican todos los editores, o por todos los productos de mis editores favoritos! Pero sí tengo unos sellos favoritos, de los que me fío, que tienen un criterio y un buen gusto especial, o que coincide con los míos. Yo agradezco enormemente que existan y que me hagan sus propuestas. Y una de las cosas que más valoro, precisamente, es que no lo tengan “todo”, que sus catálogos sean el fruto de una elección, y sus publicaciones el resultado de todo lo dicho anteriormente. No es lo mismo una editorial (con un criterio y una línea) que una imprenta (que imprime todo lo que le llega). La red sería la “megaimprenta” universal. Me pongo otra vez como ejemplo (pido disculpas): por supuesto que a mi me gusta surfear libremente por la red; es apasionante, y lo hago diariamente por todo tipo de portales libres o gratuitos, pero también pago mi suscripción a un periódico digital, con su linea editorial, sus articulistas, sus fotógrafos.

Termino: entiendo que muchos vean con recelo a los editores de libros de texto o a los mismos libros, pero creo sinceramente que la imagen tradicional que en algunos casos se tiene de ellos tiene poco que ver con la realidad actual: la mayoría de editores somos gente del mundo educativo con intereses y ambiciones muy parecidas a las de los mismos docentes y que nos sentimos cómplices de ellos y de los estudiantes, a los que intentamos servir.

Xavier Carrasco
Editor

EDUENTERTAINMENT

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En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
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