Universidades en el punto de mira

Es curioso. Poco ha tardado el nuevo gobierno en ir subiendo escalones en sus ansias «de modificar sin criterio». Después de desmontar todo el sistema educativo que englobaba al alumnado en sus enseñanzas obligatorias, incluyendo sus pinitos en el bachillerato y los ciclos formativos ha tocado el tema universitario. Además, curiosamente, al igual que ha ido sucediendo en las últimas decisiones, proyectos de ley futuros, instrucciones varias y cavilaciones numerosas, este nuevo ataque se sustenta en lo mismo que en los casos anteriores. En cuestiones puramente económicas a corto plazo.

Que la Universidad cuesta su buen dinero al Estado está claro. Que el mismo subvenciona gran parte del coste de la matrícula, también. Pero, ¿nadie cuenta el beneficio que se genera para la sociedad por cada titulado universitario que se obtiene del sistema?

Curiosamente, dentro de las propuestas para la modificación de algunos temas universitarios, uno podría haber suscrito algunas. Algunas que se han tomado sin consultar a ningún docente universitario (y no hablemos de los alumnos, ya mayorcitos, y con un poco más de criterio que los de enseñanzas obligatorias). Eso sí, comisión de expertos formada por personajes, relacionados directa o indirectamente con el mundo educativo, con posturas mayormente económicas y de ahorro inmediato. Han consultado a los suyos… como siempre pasa.

¿Dónde meten mano fundamentalmente? En las matrículas universitarias (subiendo el coste de la primera matrícula y penalizando hasta el infinito las repeticiones), en el número de títulos que se ofertan y en el trabajo de los docentes de dichos niveles.

¿Se deben revisar esos aspectos? Claro que sí. Pocos estaremos en desacuerdo de someter en una revisión a fondo al sistema universitario. Eso sí, una revisión con criterio y no sólo económico.

¿Es lógico que se aumenten primeras matrículas en un 50%? ¿No existía un discurso para premiar al alumno exitoso y pedir la excelencia? ¿Por qué se tiene que penalizar al alumno de buen expediente que accede a la Universidad? ¿Por qué se le encarece dicha primera matrícula cuando aún no ha demostrado si es merecedor de continuar en la facultad de turno? ¿Sólo los ricos pueden matricularse para estudiar? Y no olvidemos, que en muchos casos, los mismos envían a sus hijos a maravillosas Universidades privadas de «pay for title». Abonando una cantidad de dinero hay algunas Universidades que, curiosamente, aprueban a más del 90% de los alumnos en asignaturas que en una Universidad pública son aprobadas por una minoría de estudiantes. Seguro que es debido a que la inteligencia aumenta con la cantidad de dinero que tienen los progenitores. Se tendrá que hacer un estudio serio y fiable.

En cuanto a penalizar la repetición… nada que decir. No todo el mundo sirve para tener una carrera. Como no todo el mundo sirve para ser un buen mecánico o electricista. No se puede subvencionar a gran escala a quien no aprovecha las oportunidades. Dinero que pagamos todos para apostar por un valor de futuro. Y un multirepetidor no es un valor de futuro.

En referencia a la cantidad de títulos ofertados. Excesivos, sin duda. Algunos manteniendo menos de diez alumnos para un plantel docente que dobla dicho numero de quórum. Pero revisémoslo uno a uno. Analicemos las circunstancias en las que se producen esos desequilibrios. Hagamos una revisión sostenible para no perjudicar a determinados alumnos por cuestiones geográficas. Nadie tiene la culpa de haber nacido en un lugar donde pocos alumnos llegan a la Universidad. Y, por favor, revisemos a fondo también la oferta de titulaciones en centros privados y la homologación que hace el Estado de los mismos. No todo vale. No puede ser que títulos idénticos otorguen capacidades diferentes. Reduzcamos la autonomía universitaria. Dejemos un poco más de poder de control a algún organismo público y establezcamos unas necesidades de oferta realistas.

Finalmente… los docentes universitarios. Las malas lenguas dicen que la mayoría que acceden a plazas funcionariales han entrado por contactos. Por ser amigos de, haber hecho un doctorado con, tener el carnet político de, irse al golf con la mujer de, ser su padre el propietario de la empresa x, etc. No es de recibo que, en pleno siglo XXI, con una ley de transparencia en ciernes (que, lamentablemente y por intereses creados, es difícil que se aplique en todos los ámbitos públicos), donde la información se sabe y distribuye muy rápidamente, cuando se oferta una plaza de titular universitario se sepa con una certeza cuasi absoluta quien la va a ganar. No es lógico. Perjudica al sistema. Las oposiciones de primaria y secundaria no son para tirar cohetes, pero hay bastante limpieza. Hagamos algo similar para la Universidad.

Y no me gustaría dejar en el tintero la necesidad de, quizás en un futuro próximo, plantear la posibilidad de crear dos tipos de plazas en las Universidades: la del docente y la del investigador. Un muy buen investigador puede ser un pésimo docente y a la inversa. Eso es algo que se tendría que analizar.

Hagamos las cosas bien de una vez y no sujetos, como últimamente sucede, a cuestiones más económicas que educativas.

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Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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