Vuelvo a oler a aula

Este curso vuelvo a oler a aula. A proyectos, grupos heterogéneos en los que funcionan unas cosas y otras no. A compañerismo. A, simplemente, poder permitirme el lujo de mezclar clases de todo tipo, usar metodologías variadas e, incluso, a disfrutar viendo como no hay dos horas de clase iguales. Lo sé, me encantaba dar clase en FP Básica. Sí, me podéis llamar raro pero, al final, era interesante el experimento de llevar a un grupo desde primero hasta que, a día de hoy, la totalidad de esos alumnos están cursando un ciclo formativo. Y, a pesar de ello, tenía más ambiciones. Lo reconozco, cuando doy clase me pierde la ambición. Las ganas de hacer cosas, los infinitos experimentos, la necesidad de plantearme que no haya dos cursos iguales, se haga lo mismo e, incluso, pueda convertirme en un capitán de un barco al que se le ha ido a tomar viento el timón en medio de una tempestad. Me gusta improvisar aunque, sinceramente, me causa mucha mayor satisfacción el poder tener algo medio planificado y, por necesidades del alumnado, cambiar completamente esa planificación o, simplemente retocarla, para que se adapte a lo que creo puede funcionar.

Fuente: ShutterStock

La verdad es que empiezo a volver a oler a aula. Eso sí, también con todas sus contraindicaciones. Reuniones, programaciones y, en definitiva, papeleo vario que no me deja disfrutar completamente de mi zona de confort. Para mí el aula siempre ha sido mi zona de confort. Reconozco, eso sí, que si tuviera dinero abandonaría el aula y no volvería a dar clase. Coño, como la mayoría pero, por desgracia, hasta ahora me toca disfrutar como pobre. Disfrutar de mi trabajo. Disfrutar de algo que no se me da del todo mal pero que, quizás, tampoco sigue los cánones habituales. Por suerte no hay dos docentes iguales. Ya, lo sé… me estoy cargando el argumento de algunos acerca del docente tradicional e innovador pero, ¡qué le vamos a hacer! Algunos tenemos ojos y vemos que eso no existe. Cada docente tiene sus estrategias y maneras de hacer. No todas buenas, no todas malas, no todas de necesario cuestionamiento. Dar clase es un arte y, al final, no creo que sea bueno que haya dos artistas iguales. Muy soso el asunto.

Uno cuando vuelve de trabajar llega a casa oliendo a mar, humo, perfume o, simplemente, ese destilado mixto de olores que se da en muchos trabajos de oficina. Cada trabajo tiene su olor especial. Los docentes olemos a aula. Y si tenemos aulas heterogéneas, olemos a una mezcla de aromas que van desde la frustración hasta el sentimiento de felicidad absoluta. Dar clase no siempre es agradable ni, lamentablemente para algunos, tan mecánico como colocar unas tuercas en determinados motores. Dar clase agota y, a veces -no pocas- enviarías a alguno a ignotos lugares. Eso sí, cuando una clase te sale bien sales feliz. Y hueles bien, muy bien.

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Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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