¿Y si empezamos a intentar cagar hacia dentro?

No cabe un proyecto «educativo» más que no se convierta en un truño de imposibles proporciones. Ya no es sólo la mitológica idea de considerar al alumnado como ente autónomo capaz de ser dejado a la dula, sin ningún tipo de docente o guía de aprendizaje como a algunos les gusta llamar para que, así no tengan limitada su creatividad (sí, reconozcamos de una vez que en países subdesarrollados, sin servicios médicos y con una esperanza de vida de casi tres décadas inferiores a la nuestra mola ser tan creativos). Ahora nos están bombardeando con la necesidad de hacer emprendedores y aptos para el mercado laboral a partir del corte del cordón umbilical. Si no fuera así no se explicarían determinadas propuestas pioneras en determinadas cosas. La última… la de comprar una familia de robots que enseñan a programar antes que otras cosas y, cómo no, a prepararlos desde los 3 años para trabajar en un futuro (fuente). Ya si eso empezamos a intentar cagar hacia dentro. Bueno, vale lo de regurgitar en pequeñas dosis.

Fuente: ShutterStock

A ver si nos enteramos de una maldita vez: los niños no deben ser preparados para un mercado laboral porque, curiosamente, los mismos que hablan de esa preparación se contradicen al decir claramente que no tienen ni puñetera idea acerca de qué nos va a traer ese mercado en un futuro. Hay habilidades empresariales que, de una vez por todas, al igual que la extrema competitividad, el mal compañerismo (¡profe, bájale la nota a mi compañero porque no veo justo que tenga la misma que yo!) o, simplemente, el pretender que el aprendizaje gire en determinadas habilidades impuestas por multinacionales, sectores productivos o, simplemente, necesidad de conseguir clientes cautivos de un determinado servicio o producto, debería ser eliminado de las aulas y de cualquier ecuación educativa. El aprendizaje es otra cosa. Y la escuela, además de las familias, deberíamos luchar para oponernos a lo anterior. Es nuestro mayor reto. Muchísimo más que el que se aprendan el río que pasa por Tanzania. Muchísimo más que un logaritmo neperiano.

La revolución industrial, por suerte, ya ha pasado. Me alegro de no haber nacido en un modelo social en el que, a los seis años ya había gente trabajando. No quiero que perdamos para nuestros niños todo lo que nos ha costado tanto conseguir. Claro que debemos educar en que sepan cuánto cuesta conseguir determinadas cosas. Claro que hay padres demasiado consentidores con sus hijos. Claro que, en ocasiones, es bueno que un niño se aburra o fracase en algo pero, ¿qué tiene que ver lo anterior con el modelo educativo que se nos intenta vender basado en el consumo y en la necesidad, no de competir con ellos sino de competir con los otros, a tan tiernas edades? El mundo es demasiado injusto y competitivo. Por eso la lógica sería educar a las futuras generaciones para que, gracias a ellas, se convirtiera en un poco menos injusto y más solidario. Creo que ese es nuestro gran reto. Y eso se consigue paso a paso. Enseñando habilidades básicas de forma ordenada, asumiendo cada vez más retos que les hagan ser mejores y, al final, que puedan tener ese pensamiento crítico para cuestionarse muchísimas cosas. Ellos son el futuro. Y mantenerlos en un modelo industrial de entrada -aunque sepamos que, al final, quizás no haya más remedio- es un error.

Es imposible cagar hacia dentro. El problema es que hay algunos que siguen empeñando en conseguirlo comprando o vendiendo determinadas cosas que no deberían tener cabida en nuestras aulas o casas. Empieza a ser hora de oponerse a todo lo anterior porque nos jugamos mucho. Y no es sólo el futuro de nuestros hijos.

EDUENTERTAINMENT

Cuando la Educación se convierte en espectáculo

En un contexto en el que el espectáculo educativo está a la orden del día, conviene reflexionar acerca de la implicación de este "eduentertainment" en nuestras aulas.
Jordi Martí

Docente desconcertado que intenta encontrar su lugar en un mundo que no entiende. O que prefiere no entender.

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